¡LA HISTORIA ES FUNESTA Y LA HACEN LOS REPLICANTES! - Editorial (2026)

 




¡LA HISTORIA ES FUNESTA Y LA HACEN LOS REPLICANTES!
Expropiar los relatos a los vencedores es necesario; expropiar el pensar a las máquinas es urgente.




“La humanidad se ha vuelto la herramienta de sus herramientas”.
Henry David Thoreau


La ciencia ficción ha sido un elemento cultural que ha acompañado a la humanidad, despertando la curiosidad y expandiendo la imaginación. Proyectar el mundo venidero a través de complejos escenarios y aparatos tecnológicos se ha convertido incluso en objeto de estudio. No obstante, hubo quienes, además de imaginar esos futuros devastados, incorporaron en ellos críticas políticas y sociales. Esto no significó negar la posibilidad de esos futuros en sí mismos, sino construir descripciones más explícitas y críticas, dejando menos espacio a la interpretación. Tal es el caso de algunas obras literarias y más adelante adaptadas al cine, como 1984, Fahrenheit 451 y Un mundo feliz: una trilogía perfecta para comprender la distopía.

Estos textos, escritos entre las décadas de 1930 y 1950, consolidan una visión del mundo que, aunque proyecta aquello que podría ser el futuro, también devela las crisis personales y sociales propias de los contextos en los que fueron producidos. Por ello, acudir a la frase “todo pasado fue mejor” implica relativizar contextos que con frecuencia desconocemos y en los que también se establecieron horrores y pesadas cargas culturales sobre los cuerpos y las vidas de quienes los habitaron.

Así las cosas, entender que estos textos distópicos responden a un momento histórico nos recuerda que el fascismo no es un fenómeno novedoso y en la historia reciente han existido sistemas de gobierno cercanos a sus formas y prácticas, hoy nos adentramos en territorios que, quizá ya formaban parte de nuestro marco de conocimiento a través de experiencias, lecturas o del cine, ahora se hacen palpables de una manera directa e inimaginable. Nos ha tomado por sorpresa, por ejemplo, la negación cotidiana de los “derechos” es algo que a diario aumenta la lista de decretos, leyes o propuestas que desestabilizan herramientas ganadas ante el nefasto estado, algo que resulta inaudito y que nos pone sobre las cuerdas, obligándonos a repensar nuestras formas de organización y a preguntarnos de qué manera podemos hacerle frente.

Una película que marcó un hito en la historia de la ciencia ficción es Blade Runner (1982), inspirada en la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?  La película pone en discusión temas que hoy están presentes en el debate público, como el transhumanismo, la migración, la colonización espacial y, sobre todo, la construcción de un mundo desolador, caótico y sometido a una represión constante, animales extintos y mercantilización de órganos producidos. La trama sigue a un policía encargado de «retirar», un eufemismo para referirse al asesinato, de los replicantes. Seres artificiales, robots, que han desarrollado conciencia y buscan escapar de la existencia servil a la que han sido condenados para decidir sobre sus propias vidas. Aunque esta historia pueda parecer extraordinaria y distante, basta con observar nuestra realidad para reconocer algunas de sus tensiones. Quienes intentan apartarse del sistema o enfrentarse a sus estructuras de dominación también son objeto de persecución y violencia. Un ejemplo reciente que parece irreal, es el caso de Autistici/Inventati, colectivo italiano de infraestructura digital sancionado por el Gobierno de Estados Unidos bajo una designación antiterrorista. Así, aquello que en la ciencia ficción aparece como una distopía adquiere una dimensión concreta en la persecución de organizaciones que cuestionan las dinámicas hegemónicas, capitalistas y supremacistas, incluso en los espacios virtuales donde se construyen formas autónomas de comunicación y organización.

Blade Runner, situada en noviembre del 2019, cyberpunk puro, y como buena parte del cine de ciencia ficción distópico, no propone una salida, nos presenta una llegada, un mundo ya construido, resultado de todo un proceso de dominación antropocéntrica. Allí parece condensarse el capitalismo llevado a sus últimas consecuencias, cada vez queda menos espacio para la esperanza y la única posibilidad parece ser correr para sobrevivir. Las secuelas, a partir de piezas animadas, Blade Runner Black Out 2022, 2036: Nexus Dawn, y 2048: Nowhere to Run, muestran algunos intentos de rebelión y la caída de Tyrell, la gigantesca corporación que ocupaba la cúspide de esa estructura de poder. Sin embargo, no tarda en ser reemplazada por otra, Corporación Wallace. Una de las lógicas del capitalismo queda así expuesta, mientras una fábrica cierra, otras diez abren sus puertas con formas de explotación todavía más salvajes. La caída de una corporación no significa el fin del sistema, sino la posibilidad de que otra ocupe su lugar.

En Blade Runner 2049, el neón continúa dominando el paisaje, pero el desierto, la nieve, en otras palabras, el cambio climático y la basura tecnológica adquieren todavía mayor protagonismo. Ocultarse parece una salida, desaparecer, una posibilidad. Hacer frente al sistema y a sus dispositivos de vigilancia resulta casi imposible. La distopía ya no se expresa únicamente en la maquinaria tecnológica o en el poder de las corporaciones, sino también en la devastación del territorio y en la dificultad de imaginar una vida fuera de ese orden. Ante este escenario, la pregunta es si esa es nuestra única salida, aceptar la derrota, resignarnos a la pérdida y permitir que el futuro nos conduzca inevitablemente hasta ese lugar.

No obstante, nuestro contexto es otro. Aunque recorrer este plano terrenal resulte desolador, todavía existen formas de obstaculizar los procesos de destrucción y convertirnos en una piedra en el zapato del capital. Esta es una invitación a quienes siguen dispuestos a sabotear los proyectos de dominación, a interrumpir sus planes de acumulación y a impedir que sus estructuras se reproduzcan sin resistencia. Hoy todavía podemos respirar un aire relativamente limpio, beber agua de los ríos y postergar sus proyectos de despojo y devastación. No dejemos que esas posibilidades desaparezcan sin haberlas defendido. Seamos testigos de sus caídas y partícipes de ellas. Al fascismo se le combate, que sus estructuras se derrumben y que sus ideas se marchiten como sus vidas, hasta perder toda capacidad de imponerse sobre las nuestras. La revuelta es necesaria, como también lo es perder el miedo a confrontar las relaciones de dominación. Frente a un futuro que parece libreteado, aún podemos intervenir y disputar el presente.

 


*Distopía: Representación de un mundo desvastado, hipervigilado u opresivo, contraria a la sociedad ideal que plantea la utopía.



“El progreso tecnológico sólo nos ha proporcionado medios más eficientes para ir hacia atrás”.
Aldous Huxley

 


Muertx Errante

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