¡LA HISTORIA ES FUNESTA Y LA HACEN LOS REPLICANTES!
Expropiar los
relatos a los vencedores es necesario; expropiar el pensar a las máquinas es
urgente.
Henry David Thoreau
La ciencia ficción ha sido un elemento cultural que ha acompañado
a la humanidad, despertando la curiosidad y expandiendo la imaginación.
Proyectar el mundo venidero a través de complejos escenarios y aparatos
tecnológicos se ha convertido incluso en objeto de estudio. No obstante, hubo
quienes, además de imaginar esos futuros devastados, incorporaron en ellos críticas
políticas y sociales. Esto no significó negar la posibilidad de esos futuros en
sí mismos, sino construir descripciones más explícitas y críticas, dejando
menos espacio a la interpretación. Tal es el caso de algunas obras literarias y más adelante adaptadas al cine, como 1984,
Fahrenheit
451 y Un
mundo feliz: una trilogía perfecta
para comprender la distopía.
Estos textos, escritos entre las décadas de 1930 y 1950,
consolidan una visión del mundo que, aunque proyecta aquello que podría ser el
futuro, también devela las crisis personales y sociales propias de los
contextos en los que fueron producidos. Por ello, acudir a la frase “todo
pasado fue mejor” implica relativizar contextos que con frecuencia desconocemos
y en los que también se establecieron horrores y pesadas cargas culturales
sobre los cuerpos y las vidas de quienes los habitaron.
Así las cosas, entender que estos textos distópicos responden a un
momento histórico nos recuerda que el fascismo no es un fenómeno novedoso y en
la historia reciente han existido sistemas de gobierno cercanos a sus formas y
prácticas, hoy nos adentramos en territorios que, quizá ya formaban parte de
nuestro marco de conocimiento a través de experiencias, lecturas o del cine,
ahora se hacen palpables de una manera directa e inimaginable. Nos ha tomado
por sorpresa, por ejemplo, la negación cotidiana de los “derechos” es algo que
a diario aumenta la lista de decretos, leyes o propuestas que desestabilizan herramientas
ganadas ante el nefasto estado, algo que resulta inaudito y que nos pone sobre
las cuerdas, obligándonos a repensar nuestras formas de organización y a
preguntarnos de qué manera podemos hacerle frente.
Una película que marcó un hito en la historia de la ciencia
ficción es Blade Runner (1982), inspirada en la novela de Philip K.
Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? La película pone en discusión temas que hoy están
presentes en el debate público, como el transhumanismo, la migración, la
colonización espacial y, sobre todo, la construcción de un mundo desolador,
caótico y sometido a una represión constante, animales extintos y mercantilización
de órganos producidos. La trama sigue a un policía encargado de «retirar», un
eufemismo para referirse al asesinato, de los replicantes. Seres
artificiales, robots, que han desarrollado conciencia y buscan escapar de la
existencia servil a la que han sido condenados para decidir sobre sus propias
vidas. Aunque esta historia pueda parecer extraordinaria y distante, basta con
observar nuestra realidad para reconocer algunas de sus tensiones. Quienes
intentan apartarse del sistema o enfrentarse a sus estructuras de dominación
también son objeto de persecución y violencia. Un ejemplo reciente que parece
irreal, es el caso de Autistici/Inventati, colectivo italiano de
infraestructura digital sancionado por el Gobierno de Estados Unidos bajo una
designación antiterrorista. Así, aquello que en la ciencia ficción aparece como
una distopía adquiere una dimensión concreta en la persecución de
organizaciones que cuestionan las dinámicas hegemónicas, capitalistas y
supremacistas, incluso en los espacios virtuales donde se construyen formas
autónomas de comunicación y organización.
Blade Runner, situada en noviembre del 2019, cyberpunk puro, y como buena parte
del cine de ciencia ficción distópico, no propone una salida, nos presenta una
llegada, un mundo ya construido, resultado de todo un proceso de dominación
antropocéntrica. Allí parece condensarse el capitalismo llevado a sus últimas
consecuencias, cada vez queda menos espacio para la esperanza y la única
posibilidad parece ser correr para sobrevivir. Las secuelas, a partir de piezas
animadas, Blade Runner Black Out 2022, 2036: Nexus Dawn, y 2048: Nowhere to
Run, muestran algunos intentos de rebelión y la caída de Tyrell, la gigantesca
corporación que ocupaba la cúspide de esa estructura de poder. Sin embargo, no
tarda en ser reemplazada por otra, Corporación Wallace. Una de las
lógicas del capitalismo queda así expuesta, mientras una fábrica cierra, otras
diez abren sus puertas con formas de explotación todavía más salvajes. La caída
de una corporación no significa el fin del sistema, sino la posibilidad de que
otra ocupe su lugar.
En Blade Runner 2049, el neón continúa dominando el
paisaje, pero el desierto, la nieve, en otras palabras, el cambio climático y la basura tecnológica adquieren todavía mayor protagonismo. Ocultarse parece una salida, desaparecer,
una posibilidad. Hacer frente al sistema y a sus dispositivos de vigilancia
resulta casi imposible. La distopía ya no se expresa únicamente en la
maquinaria tecnológica o en el poder de las corporaciones, sino también en la
devastación del territorio y en la dificultad de imaginar una vida fuera de ese
orden. Ante este escenario, la pregunta es si esa es nuestra única salida, aceptar
la derrota, resignarnos a la pérdida y permitir que el futuro nos conduzca
inevitablemente hasta ese lugar.
No obstante, nuestro contexto es otro. Aunque recorrer este plano
terrenal resulte desolador, todavía existen formas de obstaculizar los procesos
de destrucción y convertirnos en una piedra en el zapato del capital. Esta es
una invitación a quienes siguen dispuestos a sabotear los proyectos de
dominación, a interrumpir sus planes de acumulación y a impedir que sus
estructuras se reproduzcan sin resistencia. Hoy todavía podemos respirar un
aire relativamente limpio, beber agua de los ríos y postergar sus proyectos de
despojo y devastación. No dejemos que esas posibilidades desaparezcan sin
haberlas defendido. Seamos testigos de sus caídas y partícipes de ellas. Al
fascismo se le combate, que sus estructuras se derrumben y que sus ideas se
marchiten como sus vidas, hasta perder toda capacidad de imponerse sobre las
nuestras. La revuelta es necesaria, como también lo es perder el miedo a
confrontar las relaciones de dominación. Frente a un futuro que parece libreteado, aún podemos intervenir y disputar el presente.
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