DE THE WIRE A THE MINORITY REPORT: VIGILAR Y CASTIGAR, RESISTIRNOS A LA ESCUCHA.
"Entramos en sociedades de control
que ya no funcionan por encierro
sino por control continuo y comunicación instantánea"
Gilles Deleuze
The Wire, serie
estadounidense creada por el periodista David Simon y emitida entre 2002 y
2008, nos sitúa en un Baltimore hostil, gris y, por qué no, caótico. Allí la
desigualdad y la violencia desmienten el supuesto sueño americano de un mundo
feliz, donde la abundancia y la riqueza están a la vuelta de la esquina. Además de su bella fotografía, su tema de inicio que cambia de artista en cada temporada, su referencias al rap y la participación actoral de raperos. Su
punto de partida es un grupo de policías que busca estrategias para combatir el
tráfico de drogas en los barrios de la ciudad.
Pero la trama
no se limita a seguir a la policía. A medida que avanza la investigación, la
serie desarrolla las historias de quienes habitan esos barrios, consumidores,
familias, vendedores (dealers), intermediarios y, al final de la cadena,
quienes controlan el negocio. En ese recorrido también deja entrever las
capacidades, los deseos y las posibilidades de vida que quedan truncadas en
medio de las condiciones sociales que atraviesan a quienes participan en este
circuito. La serie no presenta el narcotráfico como un fenómeno aislado ni como
una simple suma de decisiones individuales, sino como una estructura atravesada
por relaciones económicas, políticas y sociales.
Paralelamente,
los investigadores incorporan distintas tecnologías (micrófonos, cámaras y
otros dispositivos de vigilancia) para seguirles el rastro a quienes hacen
parte de estas redes. Este aspecto resulta especialmente relevante, disponer de
tecnología no garantiza una interpretación efectiva de los datos ni una
comprensión profunda de aquello que se investiga. La investigación se vuelve
así una especie de parábola: las herramientas necesitan herramientas para ser
comprendidas.
En cada
temporada, el tráfico de drogas desborda lo que se creía entendido. Cada vez
que los policías llegan al fondo, aparecen nuevos actores y nuevas
instituciones permeadas por el narcotráfico. Rastrearlo se vuelve más complejo, donde hay poder involucrado, es más fácil encontrar obstáculos legales y
cotidianos para investigar. (Espóiler) Entre esos actores, nada sorprendente,
hay policías que trabajan de la mano con las mafias, e incluso senadores.
Otros, a su vez, terminan empatizando con algunos eslabones de la cadena, personas que por
su procedencia, porque su propia investigación les muestra otros intereses, o
porque apartan la mirada del juego penalizador y ven a personas que hacen parte
de un sistema injusto.
De esta
forma, The Wire deja de ser una serie policial y se convierte en una
exploración crítica de las instituciones, las relaciones de poder y las
condiciones sociales que evidencian la larga lucha, inacabada y fracasada,
contra las drogas. Evidencia un sistema mercantil y explotador: el
capitalismo. Su vigencia no radica en la actualización de los dispositivos que
usa la investigación, sino en las preguntas que nacen de un ejercicio continuo
y de vital importancia, la vigilancia, la producción de datos y los límites, con
suerte, de mal/interpretarlos.
Aquí resulta
pertinente recurrir a Vigilar y castigar, de Michel Foucault,
particularmente sus reflexiones sobre la vigilancia como mecanismo de
disciplina y control social. La vigilancia no se limita a observar o registrar comportamientos,
también produce formas de clasificación, normalización y regulación de los
cuerpos. El poder no necesita intervenir constantemente mediante la fuerza,
este puede operar a través de dispositivos que inducen a las personas a
modificar sus conductas ante la posibilidad permanente de estar siendo
observadas. Desde esta perspectiva, la tecnología no es simplemente un conjunto
de herramientas para obtener información, sino parte de una estructura que
organiza la mirada, establece qué comportamientos deben ser vigilados y
determina qué consecuencias pueden derivarse de ellos. La pregunta deja de ser
únicamente quién escucha y comienza a ser quién tiene la capacidad de convertir
lo escuchado en una forma de control.
¿Quién
controla la interpretación de los datos, y garantizan estos una conducta
predecible?
Es una
pregunta compleja, pero The Wire, una serie bastante realista, nos
permite anticiparnos a ella. En la serie vemos cómo la policía se ve limitada
por la información que recolecta. La estructura criminal es tan compleja como
la dimensión social que representa, y eso complica su interpretación, la
capacidad de movimiento de quienes la integran hace imposible comprender sus
pasos, saber quiénes están realmente en ella o cómo combatirla.
The
Wire
muestra una policía que no logra interpretar los datos que recolecta. Pensar en
qué pasaría si esta problemática se invierte, daría otras luces para dilucidar la respuesta. En la ficción (hasta ahora) existe una policía convencida de tener todos los datos necesarios y su respectiva interpretación, vale la pena incorporar otra referencia: The Minority
Report (El informe de la minoría), relato de ciencia ficción escrito por
Philip K. Dick en 1956 y adaptado al cine por Steven Spielberg en 2002, mismo año que se estrena The Wire. La
historia introduce el concepto de PreCrime (precrimen), una agencia
policial que utiliza las capacidades de tres personas con habilidades
precognitivas, conocidas como precogs, para anticiparse a la comisión de
delitos. A partir de sus visiones, la agencia construye posibles líneas de
tiempo e identifica a quienes supuestamente cometerán un crimen antes de que
este ocurra. La intervención policial deja de concentrarse en investigar hechos
consumados y pasa a perseguir acontecimientos que todavía no han sucedido.
La premisa
puede parecer bastante distante de nuestra realidad, además compleja, tres personas capaces de
anticipar el futuro y una institución que convierte sus visiones en pruebas
para detener a posibles criminales. Sin embargo, la pregunta que plantea
resulta cada vez más cercana. Lo que antes podía asociarse con la figura de los
videntes o con una fantasía futurista encuentra hoy algunos paralelismos en los
sistemas de vigilancia algorítmica y en los modelos de inteligencia artificial
que procesan grandes cantidades de datos para identificar patrones, estimar
riesgos y anticipar determinados comportamientos. Esto no significa que las
tecnologías actuales puedan predecir con certeza la comisión de un delito, como
ocurre en la ficción. Significa que empieza a extenderse una lógica en la que
los datos del pasado y del presente se utilizan para producir estimaciones
sobre lo que una persona podría hacer en el futuro.
Al volver
sobre The Minority Report, el argumento aparentemente sólido del
precrimen comienza a resquebrajarse. La obra introduce una tensión fundamental:
una persona es detenida por un delito que aún no ha cometido. No existe un
hecho consumado y, por tanto, tampoco una responsabilidad demostrable; la
"prueba" de un delito inexistente proviene de datos y visiones del
pasado. Aunque la predicción se haga con el fin de reducir daños, termina
criminalizando de forma anticipada.
El problema
no es únicamente tecnológico, sino profundamente político y ético. Cuando una
institución atribuye a sus sistemas la capacidad de anticipar conductas, la
presunción de inocencia corre el riesgo de quedar subordinada a una
probabilidad calculada. Cualquier persona puede convertirse en objeto de
sospecha a partir de sus antecedentes, sus relaciones, el lugar donde vive, sus
desplazamientos o los patrones de comportamiento que un sistema identifica como
indicadores de riesgo. La posibilidad de cometer un delito comienza a
confundirse con la responsabilidad por haberlo cometido. De esta manera, el
castigo puede desplazarse del hecho hacia la predicción, y en ese
desplazamiento la clase, la raza y el género ocupan un lugar protagónico.
Pero ¿Qué
significa predecir una conducta humana? El crimen no aparece de manera
espontánea ni puede explicarse a partir de una única variable. Está atravesado
por condiciones materiales, relaciones sociales, desigualdades, trayectorias
individuales y contextos históricos. También intervienen decisiones,
circunstancias y acontecimientos que no pueden reducirse a un cálculo
estadístico. Pretender anticipar un delito mediante la identificación de
patrones implica convertir una realidad compleja en un conjunto de variables
que puedan ser procesadas y clasificadas. En ese ejercicio, las personas corren
el riesgo de quedar reducidas a perfiles, categorías y probabilidades.
Aquí aparece
una cuestión que conecta directamente ambas obras: ¿Qué sucede cuando
confundimos la capacidad de recopilar información con la capacidad de
comprender la realidad? En The Wire, la policía acumula datos,
intercepta comunicaciones y reconstruye redes, pero sus interpretaciones
tropiezan constantemente con una realidad que no consigue abarcar. En The
Minority Report, la institución lleva esa pretensión mucho más lejos, ya no
busca comprender lo que sucede, sino anticipar lo que supuestamente sucederá.
Es decir, si en The Wire carecían de herramientas para interpretar, en The
Minority Report hay exceso de información y una confianza desmedida en los
datos. En ambos casos, la información se convierte en una herramienta de poder,
pero también revela sus propios límites.
Sabotear el rastreo
Podría
decirse que el uso de beepers es anticuado, sobre todo frente a The Wire. Sin
embargo, hasta hace muy poco demostraron ser una herramienta de seguridad:
precisamente por ser una tecnología sencilla, eran más difíciles de rastrear
que un teléfono inteligente. Aun así, en septiembre de 2024, el Estado de
Israel, al que consideramos ilegítimo, infiltró explosivos en esos dispositivos
para atacar no solo a integrantes de Hezbolá, sino también a población civil en
Líbano y Siria. Queda como reflexión que difícilmente se puede confiar en un
dispositivo electrónico. Por eso, además de rastrear las políticas de
seguridad, podemos tomar medidas de reencuentro como estrategia de resistencia,
conversar, discutir y planear eventos con los dispositivos en otra sala, salir
a pasear sin ellos, aislarnos de ellos por minutos, horas y días. Es una tarea
difícil, porque hoy los dispositivos electrónicos son la dopamina de nuestra
época, pero es necesario desintoxicarnos de esta sobredosis y volver a tener
espacios propios.
En estos
tiempos de posfascismo, vale la pena retomar la presencialidad como herramienta
contravigilante: hacer reuniones en espacios no habituales, tomar rutas
distintas, vagabundear por zonas poco comunes, de modo que nuestros datos de
GPS no sean repetibles ni predecibles y que su información se vuelva confusa. Sabotear
el rastreo no significa solamente dificultar que alguien siga nuestros
movimientos o escuche nuestras conversaciones. Significa, sobre todo, impedir
que nuestra existencia quede reducida a los datos que producimos, a los
perfiles que construyen sobre nosotrxs y a las conductas que esperan que
reproduzcamos. Frente a la vigilancia, recuperar la autonomía; frente al
aislamiento, encontrarnos; frente a la normalización, experimentar otras formas
de vida. No podemos permitir que la comodidad tecnológica termine
convirtiéndose en una renuncia a nuestra libertad.
Se trata de
expropiar nuestras vidas de los dispositivos de control, recuperar el tiempo,
los vínculos y los territorios, y volver a construir espacios donde podamos
decidir colectivamente cómo queremos vivir.
