¡LA HISTORIA ES FUNESTA Y LA HACEN LOS REPLICANTES! - Editorial (2026)

 

¡LA HISTORIA ES FUNESTA Y LA HACEN LOS REPLICANTES!*
Expropiar los relatos a los vencedores es necesario; expropiar el pensar a las máquinas es urgente.




“La humanidad se ha vuelto la herramienta de sus herramientas”.
Henry David Thoreau


La ciencia ficción ha sido un elemento cultural que ha acompañado a la humanidad, despertando la curiosidad y expandiendo la imaginación. Proyectar el mundo venidero a través de complejos escenarios y aparatos tecnológicos se ha convertido incluso en objeto de estudio. No obstante, hubo quienes, además de imaginar esos futuros devastados, incorporaron en ellos críticas políticas y sociales. Esto no significó negar la posibilidad de esos futuros en sí mismos, sino construir descripciones más explícitas y críticas, dejando menos espacio a la interpretación. Tal es el caso de algunas obras literarias y más adelante adaptadas al cine, como 1984, Fahrenheit 451 y Un mundo feliz: una trilogía perfecta para comprender la distopía.

Estos textos, escritos entre las décadas de 1930 y 1950, consolidan una visión del mundo que, aunque proyecta aquello que podría ser el futuro, también devela las crisis personales y sociales propias de los contextos en los que fueron producidos. Por ello, acudir a la frase “todo pasado fue mejor” implica relativizar contextos que con frecuencia desconocemos y en los que también se establecieron horrores y pesadas cargas culturales sobre los cuerpos y las vidas de quienes los habitaron.

Así las cosas, entender que estos textos distópicos responden a un momento histórico nos recuerda que el fascismo no es un fenómeno novedoso y en la historia reciente han existido sistemas de gobierno cercanos a sus formas y prácticas, hoy nos adentramos en territorios que, quizá ya formaban parte de nuestro marco de conocimiento a través de experiencias, lecturas o del cine, ahora se hacen palpables de una manera directa e inimaginable. Nos ha tomado por sorpresa, por ejemplo, la negación cotidiana de los “derechos” es algo que a diario aumenta la lista de decretos, leyes o propuestas que desestabilizan herramientas ganadas ante el nefasto estado, algo que resulta inaudito y que nos pone sobre las cuerdas, obligándonos a repensar nuestras formas de organización y a preguntarnos de qué manera podemos hacerle frente.

Una película que marcó un hito en la historia de la ciencia ficción es Blade Runner (1982), inspirada en la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?  La película pone en discusión temas que hoy están presentes en el debate público, como el transhumanismo, la migración, la colonización espacial y, sobre todo, la construcción de un mundo desolador, caótico y sometido a una represión constante, animales extintos y mercantilización de órganos producidos, entre otros. La trama sigue a un policía encargado de «retirar», un eufemismo para referirse al asesinato, de los replicantes. Seres artificiales, robots, que han desarrollado conciencia y buscan escapar de la existencia servil a la que han sido condenados para decidir sobre sus propias vidas. Aunque esta historia pueda parecer extraordinaria y distante, basta con observar nuestra realidad para reconocer algunas de sus tensiones. Quienes intentan apartarse del sistema o enfrentarse a sus estructuras de dominación también son objeto de persecución y violencia. Un ejemplo reciente que parece irreal, es el caso de Autistici/Inventati, colectivo italiano de infraestructura digital sancionado por el Gobierno de Estados Unidos bajo una designación antiterrorista. Así, aquello que en la ciencia ficción aparece como una distopía adquiere una dimensión concreta en la persecución de organizaciones que cuestionan las dinámicas hegemónicas, capitalistas y supremacistas, incluso en los espacios virtuales donde se construyen formas autónomas de comunicación y organización.

Blade Runner, situada en noviembre del 2019, cyberpunk puro, y como buena parte del cine de ciencia ficción distópico, no propone una salida, nos presenta una llegada, un mundo ya construido, resultado de todo un proceso de dominación antropocéntrica. Allí parece condensarse el capitalismo llevado a sus últimas consecuencias, cada vez queda menos espacio para la esperanza y la única posibilidad parece ser correr para sobrevivir. Las secuelas, a partir de piezas animadas, Blade Runner Black Out 2022, 2036: Nexus Dawn, y 2048: Nowhere to Run, muestran algunos intentos de rebelión y la caída de Tyrell, la gigantesca corporación que ocupaba la cúspide de esa estructura de poder. Sin embargo, no tarda en ser reemplazada por otra, Corporación Wallace. Una de las lógicas del capitalismo queda así expuesta, mientras una fábrica cierra, otras diez abren sus puertas con formas de explotación todavía más salvajes. La caída de una corporación no significa el fin del sistema, sino la posibilidad de que otra ocupe su lugar.

En Blade Runner 2049, el neón continúa dominando el paisaje, pero el desierto, la nieve, en otras palabras, el cambio climático y la basura tecnológica adquieren todavía mayor protagonismo. Ocultarse parece una salida, desaparecer, una posibilidad. Hacer frente al sistema y a sus dispositivos de vigilancia resulta casi imposible. La distopía ya no se expresa únicamente en la maquinaria tecnológica o en el poder de las corporaciones, sino también en la devastación del territorio y en la dificultad de imaginar una vida fuera de ese orden. Ante este escenario, la pregunta es si esa es nuestra única salida, aceptar la derrota, resignarnos a la pérdida y permitir que el futuro nos conduzca inevitablemente hasta ese lugar.

No obstante, nuestro contexto es otro. Aunque recorrer este plano terrenal resulte desolador, todavía existen formas de obstaculizar los procesos de destrucción y convertirnos en una piedra en el zapato del capital. Esta es una invitación a quienes siguen dispuestxs a sabotear los proyectos de dominación, a interrumpir sus planes de acumulación y a impedir que sus estructuras se reproduzcan sin resistencia. Hoy todavía podemos respirar un aire relativamente limpio, beber agua de los ríos y postergar sus proyectos de despojo y devastación. No dejemos que esas posibilidades desaparezcan sin haberlas defendido. Seamos testigos de sus caídas y partícipes de ellas. Al fascismo se le combate, que sus estructuras se derrumben y que sus ideas se marchiten como sus vidas, hasta perder toda capacidad de imponerse sobre las nuestras. La revuelta es necesaria, como también lo es perder el miedo a confrontar las relaciones de dominación. Frente a un futuro que parece libreteado, aún podemos intervenir y disputar el presente.

 


* ¡La historis es funesta y la hacen los replicantes! consigna que no debería ser, y por qué no, volver a las palabras de Salvados Allende,  La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

*Distopía: Representación de un mundo desvastado, hipervigilado u opresivo, contraria a la sociedad ideal que plantea la utopía.
*Cyberpunk: subgenero de la cinencia ficción distópica que se destaca por resaltar la alta tecnología con un contraste de vida humana precaria.



“El progreso tecnológico sólo nos ha proporcionado medios más eficientes para ir hacia atrás”.
Aldous Huxley

 


CONTRA LA DESAPARICIÓN FORZADA DIGITAL POR TERRORISMO DE ESTADO. SOLIDARIDAD CON A/I * - EDITORIAL (2026)

 







Contra la desaparición forzada digital por terrorismo de Estado *** 
Solidaridad con Autistici/Inventati

 

«Argumentar que no te importa el derecho a la privacidad porque no tienes nada que ocultar no es diferente a decir que no te importa la libertad de expresión porque no tienes nada que decir.»

«No sé por qué la gente está tan dispuesta a poner los detalles de su vida privada en público, se olvidan de que la invisibilidad es un superpoder.»

 

Cuando levantamos la mirada buscando alternativas al capitalismo, es muy fácil sentir desencanto por no encontrar algo práctico que impacte, que sea evidente y que motive los días de desesperanza. Sin embargo, al levantar los adoquines encontramos allí la playa: colectividades e individualidades trabajando por cambiar este mundo asfixiante.

El pasado 26 de agosto de 2026, el gobierno criminal de Estados Unidos decidió incluir a Autistici/Inventati como “terrorista especialmente designado”, bajo la Orden Ejecutiva 13224 y las sanciones administradas por el Departamento del Tesoro. La acusación sostiene que el colectivo habría proporcionado infraestructura y servicios tecnológicos utilizados por grupos violentos de izquierda.

No obstante, frente a estas acusaciones de un gobierno imperialista y criminal, es importante recordar qué ha sido realmente Autistici/Inventati: desde 2001, el colectivo ha desarrollado su trabajo para permitir espacios autónomos, antifascistas y anticapitalistas en la red, ante todo desde la defensa de la privacidad, la comunicación libre y la posibilidad de ampliar nuestras ideas con seguriad, como lo es NoBlogs..

No aceptamos esta criminalización.

Tenemos claro que la tecnología no es neutral, tampoco que Internet hoy sea un espacio libre. Por el contrario, esto demuestra la persecución y los ojos vigilantes sobre quienes intentan construir espacios autónomos y enfrentan una disputa contra el poder en un escenario virtual. Es más cotidiano de lo que imaginamos.

Diversas investigaciones han demostrado cómo nuestros datos se han convertido en un fortín supremamente importante para que las corporaciones adquieran mayor poder y capital. Los datos se han hecho mercancía: a través de ellos se modifica qué podemos decir, qué está aceptado, qué consumir y qué pensar.

Recordemos que una de las primeras grandes controversias sobre la interacción entre noticias falsas, perfiles psicológicos y modificación del voto apareció con fuerza en 2016, con el caso de CambridgeAnalytica, empresa que trabajó con datos de millones de personas para dirigir mensajes personalizados e influir en procesos electorales. Esto evidenció hasta qué punto las empresas dedicadas a la explotación de datos podían intervenir en procesos considerados “democráticos”.

Las recientes investigaciones en este territorio, tales como la Operación Júpiter* o las máquinas de desinformación** que presenta la Revista Raya, muestran cómo estas estrategias virtuales siguen siendo fundamentales para la disputa política y para el ascenso de proyectos neofascistas.

La autonomía y la privacidad en escenarios virtuales han pasado desapercibidas. “No es importante, porque no tenemos nada que esconder”, es una de las respuestas más comunes frente a las preguntas sobre seguridad informática. Sin embargo, esto no es menor: que lo que hoy denominamos algoritmo sea específicamente personal demuestra que, más allá de que escondamos o no algo, nuestra privacidad e incluso nuestra intimidad quedaron expuestas a corporaciones que manipulan y negocian con nuestros datos.

Peor aún cuando se trata de proyectos que trabajan por la autonomía, el antifascismo, el anticapitalismo y otras formas de confrontación con el sistema. Allí se hace urgente y necesaria la privacidad para quienes consideramos importante la posibilidad de comunicarnos y organizarnos sin vigilancia.

Colectividades como en su mejor momento Indymedia y hasta hoy Autistici/Inventati son fundamentales para resistir a corporaciones militares y de vigilancia. Pues, como decíamos inicialmente, Internet no es libre, pero queremos disputarlo. Para ello, estos procesos contrainformativos son más que relevantes.

El anuncio de Autistici/Inventati de cerrar sus servidores y disolver el colectivo como consecuencia de esta persecución, además de ser realmente triste y desesperanzador, es también, de cierta forma, un llamado a buscar salidas y utilizar otros lenguajes. La calle sigue siendo una de ellas y la organización es fundamental para resistir esta oleada neofascista que se apodera del globo.

Autistici/Inventati representaba otra posibilidad.

Una red sostenida colectivamente.
Una infraestructura sin ánimo de lucro.
Un espacio donde la privacidad no fuera un producto que se compra.
Una tecnología puesta al servicio de las personas y no de la extracción de datos.
Una práctica concreta de autogestión.

Quieren convencernos de que nuestros datos no son nuestros, que no importan, que no tenemos nada que ocultar. Pero ver cómo se manipula la cotidianidad y la política a través de ellos es gravísimo para quienes intentamos construir espacios de resistencia. Porque, además de enfrentar estas corporaciones, también tenemos que enfrentar una idea de privacidad que ha sido profundamente transformada e insertada en nuestra vida cotidiana a través de las redes sociales.

Por eso nuestra solidaridad no es solamente con un colectivo que está siendo perseguido.

Es con todas las personas que han construido y siguen construyendo servidores, archivos, radios, redes, centros sociales, medios independientes, bibliotecas, talleres, espacios de encuentro y formas de comunicación que escapan, aunque sea parcialmente, a la lógica de la mercancía y del control.

* Es con quienes entienden que la autonomía también necesita infraestructura.
* Es con quienes defienden la privacidad no como privilegio, sino como condición de la libertad.
* Es con quienes se niegan a aceptar que para comunicarnos tengamos que pasar necesariamente por las plataformas de quienes comercian con nuestra información.
* Es con quienes siguen creyendo que podemos construir nuestras propias herramientas en lugar de limitarnos a elegir cuál de las herramientas del poder queremos utilizar.

A/I nos enseñó que otra Internet no era solamente imaginable: podía construirse y sostenerse desde abajo durante décadas. Su historia demuestra que la autonomía tecnológica no es una fantasía, sino una práctica concreta sostenida por personas que decidieron poner sus conocimientos al servicio de la organización colectiva.

El cierre de A/I es una pérdida. Pero no queremos que su historia termine en la nostalgia.

Queremos aprender de ella.

Multiplicar los conocimientos. * Construir nuevas redes. * Crear nuevas infraestructuras. * Compartir recursos. * Descentralizar.* Autogestionar. * Protegernos colectivamente.

Porque una infraestructura puede ser apagada. Las prácticas que la hicieron posible pueden reproducirse en otros lugares.

Nuestra solidaridad con Autistici/Inventati.
Contra la criminalización del disenso.
Contra la vigilancia y el capitalismo de los datos.
Contra la centralización de nuestras comunicaciones.

Por la autonomía, la privacidad, la autogestión y las redes que construimos entre nosotras.

La autonomía también se conecta / La solidaridad también es infraestructura.

*

Noblogs.org es un proyecto iniciado por el colectivo A/I, que ha ido proporcionando, desde hace ya mas de 10 años, herramientas de comunicación para activistas que comparten las prerrogativas de nuestro manifesto: luchar y combatir por un mundo donde la justicia, libertad e igualdad de derechos sean las las piedras angulares en la vida de las personas; luchar contra una sociedad interesada en controlarnos y en saber quienes somos, en lugar de lo que pensamos o sentimos; resistirnos a la extendida idea de que cualquier instante de nuestra vida puede ser comercializado con dinero.


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* Revista Raya: https://revistaraya.com/la-red-de-manipulacion-de-cerimedo-y-negre-al-servicio-de-la-extrema-derecha-latinoamericana-llego-a-colombia.html
* *Revista Raya:  https://revistaraya.com/proyecto-jupiter-una-estrategia-de-manipulacion-electoral-que-se-detecto-antes-del-31-de-mayo.html


***Contra la desaparición forzada digital por terrorismo de Estado ´malsukceso´"


 

El Deleuze prohibido: por Palestina, contra el genocidio - Pasquale Liguori 2026

 


El sesgo académico que pretende hacer funcionar la ciencia y la filosofía en el ámbito social como si fueran saberes neutrales y apolíticos termina produciendo precisamente aquello que dice evitar: el miedo a pensar. Bajo la apariencia de objetividad, se domestican las ideas, se silencian sus contradicciones y se evita confrontar pensamientos globales, profundos e incómodos. Así, también se teme a quienes piensan desde los márgenes, a lxs pensadorxs incómodxs que cuestionan las certezas, desbordan los límites establecidos y obligan a preguntarnos por las condiciones políticas desde las cuales producimos aquello que llamamos. Palestina libre! 

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Es un genocidio, pero uno en el que el exterminio físico permanece subordinado a la evacuación geográfica.
Gilles Deleuze

Vale la pena volver a algunos escritos fundamentales1 que Gilles Deleuze dedicó a la cuestión palestina entre finales de la década de 1970 y principios de la de 1980. Estos escritos han recibido una atención comparativamente escasa dentro de la recepción, mucho más amplia, de Deleuze, pero no son marginales respecto de su pensamiento: son momentos en los que su filosofía confronta la política real de una manera particularmente directa; momentos en los que la filosofía de la inmanencia —o, con mayor precisión, una concepción de la vida real refractaria a cualquier trascendencia del Estado, del derecho o de la moral— se enfrenta a la historia concreta de la colonización, y en los que la ontología del devenir es puesta a prueba frente a la maquinaria criminal del Estado. En estos textos se encuentra, quizá más que en ningún otro lugar, un diagnóstico anticipado de nuestra condición presente: una continuidad genocida que atraviesa Palestina desde 1948 hasta hoy y que las llamadas pausas humanitarias o los ceses al fuego sólo sirven para ocultar.
Deleuze lo afirmó sin ambigüedad alguna: la tragedia palestina no es un conflicto, sino un genocidio modular, una tecnología permanente de evacuación. La eliminación no se mide por el número de muertos, sino por una producción fabril de la ausencia: el vaciamiento de las aldeas, la supresión topográfica, la expulsión simbólica. El genocidio perpetrado por Israel no es episódico, sino funcional a la reproducción del poder estatal. Es una guerra disfrazada de administración, que ajusta su ritmo y su intensidad para no terminar nunca. Cuando Deleuze habla de «muchos Oradours», invoca Deir Yassin como arquetipo, la primera masacre a gran escala cometida en una aldea borrada del mapa, el paradigma de todas las que siguieron. La actual suspensión de los bombardeos masivos no representa un final, sino una fase de reterritorialización dentro del aparato genocida, una recalibración de la máquina estatal israelí antes de la siguiente oleada.
En una entrevista con Elias Sanbar, recogida en «Los indios de Palestina», Deleuze define la lógica subyacente del sionismo como un colonialismo de evacuación. El objetivo no es explotar la fuerza de trabajo indígena, sino vaciar la tierra de sus habitantes para convertirla en un soporte puro del capital y de la teología de la propiedad. Es la misma operación que fundó Estados Unidos: el borramiento del nativo como condición de posibilidad de la modernidad. De ahí la fórmula que describe a los palestinos como «los amerindios de los colonos judíos en Palestina», que irritó tanto a los guardianes de la moral de la academia francesa. En un ensayo reciente, Barbara Glowczewski ha mostrado cómo esa analogía se encarna ahora en una solidaridad indígena global: de los sioux a los maoríes, de los warlpiri a los habitantes de Gaza, la resistencia se está convirtiendo en un lenguaje compartido contra el capitalismo de la aniquilación.2
Ya en 1978, en «Los agitadores», Deleuze sostenía que Israel estaba elaborando una maquinaria de control susceptible de exportarse universalmente. Su guerra contra los «terroristas» anticipaba la guerra preventiva de Estados Unidos y el control planetario de los cuerpos y los flujos. Israel, escribió, «está estableciendo un modelo de represión que será convertido para otros países, adaptado por otros países». Era la prefiguración de las sociedades de control: una fusión del Estado, los servicios de inteligencia y la industria militar, acompañada de la transformación de toda «zona de seguridad» en un desierto vigilado. El colonialismo israelí como vanguardia técnica y moral de la modernidad securitaria occidental, una política de genocidio administrado.
Para Deleuze, el sionismo surge como un aparato teológico de reparación. Europa nunca pagó su deuda con los judíos; en lugar de ello, hizo que un pueblo inocente la pagara en su lugar. Como escribe: «Estados Unidos y Europa debían una reparación a los judíos. Y obligaron a un pueblo, del que lo menos que puede decirse es que no había tenido ninguna participación y era singularmente inocente de cualquier holocausto y ni siquiera había oído hablar de él, a pagar esa reparación».
Christian Frigerio ha retomado este pasaje en un artículo reciente y lo ha llevado al presente: la Shoá ha sido elevada a la categoría de Mal Absoluto, transformada de acontecimiento histórico en principio místico.3 De este modo, el mal no es superado, sino transferido a otro pueblo. Este es el acto fundacional de la mala conciencia de Europa, que se purifica de su propio crimen mediante una violencia delegada en Israel. Como ha observado Paolo Virno, muy a menudo el peligro no es aquello de lo que uno busca protegerse, sino la forma misma que adopta el refugio, una «horripilante estrategia de salvación».4 La búsqueda de seguridad genera sus propios monstruos: pequeñas patrias étnicas, soberanías, xenofobia como respuestas a la vulnerabilidad. El mal moderno, insiste, se expresa precisamente y únicamente como una réplica horrible a la inseguridad del mundo, una búsqueda peligrosa de protección.
Aplicada a la historia europea, esta intuición explica con precisión quirúrgica aquello que Deleuze denunciaba: la creación del Estado de Israel como refugio identitario, un rescate imaginario que se transforma en un nuevo crimen. La culpa no se elabora, sino que se desplaza, se delega, se exterioriza. Y en nombre de ese refugio —soberano, étnico, identitario— se pone en marcha la máquina que produce nuevas víctimas. El derecho internacional, a partir de las resoluciones de la ONU de 1947-1948, no ha hecho sino codificar esta delegación moral: dos Estados, dos pueblos, como si la Nakba no fuera el punto de origen, sino una nota marginal.
Como lo expresó Deleuze: «El sionismo, y después el Estado de Israel, exigirán que los palestinos reconozcan su derecho. Pero el Estado de Israel no dejará jamás de negar el hecho mismo de un pueblo palestino». Esta afirmación enuncia un principio general: el derecho no se limita a garantizar la existencia; la produce y la cancela. Sobre esta asimetría fundacional el derecho internacional ha erigido su función normativa.
Las resoluciones de la ONU y los llamados occidentales actuales a un «regreso a las fronteras de 1967» no ponen en cuestión el crimen originario de 1948. El derecho no devuelve la vida; la administra. El legalismo humanitario, tan estridentemente invocado hoy, sigue operando dentro de la lógica de la restitución: reconciliar, gestionar, normalizar. Pero si la justicia no interrumpe el orden que hizo posible el crimen, se convierte en parte de la misma máquina que lo reproduce.
En 1985, Deleuze afirmó:

Un pueblo no es algo que ya esté ahí. Un pueblo, de algún modo, es lo que falta… ¿Acaso hubo alguna vez un pueblo palestino? Israel dice que no. Por supuesto que lo hubo, pero ése no es el punto. La cuestión es que, una vez que los palestinos han sido expulsados de su territorio, en la medida en que resisten entran en el proceso de constituirse como pueblo.5

La paradoja palestina se encuentra precisamente aquí, pero debe formularse con cuidado. Un pueblo palestino debe, en cierto sentido, existir ya para poder ser desposeído y para resistirse a la desposesión; sin embargo, en la formulación de Deleuze, es precisamente «en la medida en que resisten» que los palestinos entran en «el proceso de constituirse como pueblo». Lo que parece una contradicción es, por tanto, la estructura de una individuación política. La existencia colectiva no está simplemente dada de antemano ni es creada ex nihilo; se recompone mediante la lucha contra un dispositivo cuyo objetivo es hacer imposible esa existencia colectiva.
El término «pueblo», aquí, no puede entenderse como una unidad cerrada ni como una identidad que se reúne en torno a lo Uno. Nombra un proceso de individuación colectiva. La resistencia no produce un Uno identitario, sino una coherencia metaestable, una frontera móvil, un principio de devenir-con capaz de mantener juntas aquellas cosas que el colonialismo se esfuerza por separar. La subjetividad palestina, por tanto, no puede reducirse ni a una esencia ancestral ni a una invención puramente moderna. Es un proceso constituyente en el que continuidad histórica y creación política se vuelven inseparables.
Este es el acto constitutivo de la individuación colectiva palestina; la resistencia presupone a un pueblo y, al mismo tiempo, produce las formas en las que ese pueblo puede continuar existiendo y actuando en común. La paradoja no es exclusivamente palestina. Revela un problema más general de la subjetivación política: la dominación se dirige a una colectividad como objeto que debe ser administrado, desplazado o borrado, mientras que la resistencia puede transformar esa objetivación impuesta en la capacidad de hablar y actuar como sujeto. Un pueblo, en este sentido, es menos una sustancia que un proceso mediante el cual vidas heterogéneas adquieren la consistencia suficiente para actuar juntas sin ser reducidas a la mismidad.
Cada piedra arrojada, cada casa reconstruida, cada retorno puede leerse entonces como un acto de fabulación política: no la representación de una identidad ya completa, sino la producción de una existencia común bajo condiciones diseñadas para impedirla. Por eso Palestina no es simplemente un objeto al que Deleuze aplica conceptos preexistentes. Es uno de los lugares en los que su filosofía se ve obligada a confrontar, concretamente, la cuestión de cómo llega a existir un pueblo. Aquí la filosofía del devenir se encuentra con la historia: la existencia colectiva como creación, sin que la identidad genere una forma de clausura; Palestina como acontecimiento constituyente y no como dato sociológico.
En «Las piedras», Deleuze escribe: «Los palestinos arrojan sus piedras, las piedras vivas de su tierra. De estas piedras nacen hombres». Es una metáfora ontológica: del desierto del control surge la vida del devenir. Ese desierto que, como propuso en sus conversaciones con Claire Parnet, es nuestra única identidad, la experimentación sobre nosotros mismos.6 Los palestinos, como los nómadas deleuzianos, habitan el espacio liso, un espacio que se niega a ser confinado, contabilizado, administrado. Donde el Estado produce el vacío, la vida comienza de nuevo. Y en esta reaparición reside la única verdad política que todavía parece posible hoy: no hay tregua sin justicia, ni derecho sin memoria, ni paz dentro de la mentira de un genocidio suspendido.
Hoy, en este tiempo de otra más de nuestras hipócritas restauraciones morales, Deleuze retorna como un escándalo. Pero el escándalo no debe describirse como si sus provocaciones explícitamente políticas hubieran sido simplemente excluidas de los estudios deleuzianos. No lo han sido. Importantes corrientes de los estudios contemporáneos sobre Deleuze, particularmente dentro de la filosofía continental anglófona, han acogido y desarrollado sus intervenciones políticas. La cuestión, más precisa, es otra: ¿qué lugar ha ocupado la secuencia específicamente palestina dentro de esa recepción?
Aquí las pruebas respaldan una afirmación de asimetría, más que una de supresión sistemática. Los escritos de Deleuze sobre Palestina siguen siendo objeto de una atención comparativamente escasa frente a la enorme literatura sobre el devenir, la desterritorialización, el nomadismo, el deseo, el cine o el «pueblo por venir». Esta desigualdad no constituye, por sí misma, una prueba de censura, y no toda ausencia debe interpretarse como deliberada. El caso editorial explícito más claro es el destino del artículo de Deleuze «La grandeza de Yasser Arafat», que fue incluido en la colección francesa original Deux régimes de fous, pero omitido en la primera edición inglesa de Two Regimes of Madness, publicada por Semiotext(e) en 2006. La omisión fue corregida en una edición revisada de 2007, que restituyó el texto íntegro de la edición francesa original. Daniel W. Smith, en su reseña de la primera edición publicada en Teaching Philosophy en 2007, señaló que la omisión había sido deliberada en el sentido editorial estricto de que los ensayos posteriores habían sido renumerados, al tiempo que subrayó que otros tres textos palestinos permanecían en la colección.7
Nuestro argumento, entonces, no es que una «industria Deleuze» haya expulsado al filósofo político, ni que los estudios sobre Deleuze políticamente comprometidos sean de algún modo excepcionales. Más bien, sostenemos que esta recepción ha sido selectiva en un sentido más ordinario y, quizá, más revelador. El vocabulario conceptual de Deleuze circula con extraordinaria facilidad en las discusiones sobre multiplicidad, creatividad, diferencia y devenir, mientras que los textos palestinos en los que ese vocabulario se enfrenta a una situación colonial concreta han ocupado una posición marcadamente más periférica. La cuestión no es una conspiración del silencio, sino una asimetría de canonización: ¿qué Deleuze circula y qué Deleuze permanece difícil de asimilar?
Kathryn Medien ha descrito este problema mediante la expresión «evacuación epistémica», un modo de lectura en el que Palestina puede desaparecer del campo conceptual aun cuando los conceptos deleuzianos sigan plenamente operativos.8 La fuerza de la expresión reside precisamente en que evita la necesidad de atribuir una intención única a todo un campo académico. Una recepción puede ser desigual sin estar organizada centralmente: un canon puede despolitizar mediante hábitos de selección, énfasis y abstracción, antes que mediante una prohibición explícita.
Y así la pregunta se vuelve más precisa: no «¿por qué los “discípulos” de Deleuze han silenciado uniformemente a Palestina?», sino «¿qué sucede con el pensamiento político de Deleuze cuando estas intervenciones son tratadas como ocasionales, secundarias o separables de los conceptos por los que ha sido canonizado?». ¿Qué tipo de Deleuze emerge cuando el devenir y la desterritorialización circulan con mayor facilidad que las historias coloniales frente a las cuales esos conceptos pueden adquirir sus implicaciones políticas más incisivas?
Y, sin embargo, el Deleuze que toma partido por Palestina excede toda estriación: un pensador que no se limita a registrar lo real tal como es, sino que lo atraviesa, lo desmantela, lo obliga a decir aquello que el orden dominante preferiría mantener en silencio. Volver a él significa romper la paz de los culpables, la paz que modula el genocidio y lo llama derecho.
Contra el orden de los vencedores, Deleuze nos recuerda que toda filosofía verdadera es un acto de insubordinación y que ninguna civilización podrá sobrevivir si continúa fundándose en el arte de vaciar la tierra y borrar a quienes la habitan.


1 Gilles Deleuze, «The Troublemakers», traducción de Timothy S. Murphy, en Discourse, vol. 20, núm. 3 (1998), pp. 23-24 (publicado originalmente en Le Monde, 7 de abril de 1978); «The Grandeur of Yasser Arafat», traducción de Timothy S. Murphy, en Discourse, vol. 20, núm. 3 (1998), pp. 30-33 (publicado originalmente en Revue d’Études Palestiniennes, núm. 10, invierno de 1984; escrito en 1983); «Wherever They Can See It», traducción de Mustapha Kamal, en Discourse, vol. 20, núm. 3 (1998), pp. 34-35 (publicado originalmente en Al-Karmel, 1988); Gilles Deleuze y Elias Sanbar, «The Indians of Palestine», traducción de Timothy S. Murphy, en Discourse, vol. 20, núm. 3 (1998), pp. 25-29 (publicado originalmente en Libération, 8-9 de mayo de 1982).
2 Barbara Glowczewski, «On Indigenous Solidarity: Deleuze and the Palestinians», en Deleuze and Guattari Studies, vol. 19, núm. 2 (2025), pp. 205-213.
3 Christian Frigerio, «La parte del deserto: Deleuze e la questione palestinese», en L’Indiscreto (2024), disponible en línea aquí.
4 Paolo Virno, A Grammar of the Multitude, traducción de Isabella Bertoletti, James Cascaito y Andrea Casson, Cambridge, Semiotext(e), 2004.
5 Gilles Deleuze, Negotiations: 1972-1990, traducción de Martin Joughin, Nueva York, Columbia University Press, 1995.
6 Gilles Deleuze y Claire Parnet, Dialogues, traducción de Hugh Tomlinson y Barbara Habberjam, Nueva York, Columbia University Press, 1987.
7 Gilles Deleuze, Two Regimes of Madness, traducción de Ames Hodges y Mike Taormina, Los Ángeles, Semiotext(e), 2006. Una edición revisada publicada en 2007 restituyó el texto íntegro de la edición francesa original. Véase Daniel W. Smith, «Review of Gilles Deleuze, Two Regimes of Madness: Texts and Interviews 1975–1995», en Teaching Philosophy, vol. 30, núm. 2 (2007), pp. 237-241.
8 Kathryn Medien, «Palestine in Deleuze», en Theory, Culture & Society, vol. 36, núm. 5 (2019), pp. 49-70.



Fuente: Artillería inmanente - Texto publicado por primera vez en inglés en el sitio web de Ill Will el 24 de agosto de 2026.

Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda - David Graeber (2013)





SOBRE EL FÉNOMENO DE LOS TRABAJOS DE MIERDA
    
    David Graeber


En el año 1930, John Maynard Keynes predijo que a finales del siglo XX la tecnología habría avanzado lo suficiente como para que países como el Reino Unido o Estados Unidos pudiesen tener jornadas laborales de 15 horas a la semana. Hay muchas razones para creer que tenía razón. En términos tecnológicos, hoy en día tal jornada sería perfectamente posible. Y, sin embargo, no solo no está implantada, sino que, por el contrario, la tecnología ha sido utilizada para conseguir que todos trabajemos aún más. Para ello se han tenido que crear empleos que son inútiles: muchísimas personas, sobre todo en Europa y Norteamérica, pasan toda su vida laboral efectuando tareas que, en su fuero interno, piensan que no haría falta realizar. El daño moral y espiritual que produce esta situación es realmente profundo; es una cicatriz en nuestra alma colectiva, pero casi nadie habla de ello.

¿Por qué la prometida utopía de Keynes —aún esperada con ansia en los 60— no ha llegado nunca a materializarse? La respuesta más habitual es que no tuvo en cuenta el enorme incremento del consumismo. Entre trabajar menos horas o tener más juguetes y más placeres, hemos escogido la segunda opción. Si fuese así, la moraleja estaría clara, pero apenas un momento de reflexión nos lleva a pensar que no puede ser cierto. De hecho, desde los años 20 hemos sido testigos de la creación de una infinita variedad de nuevos trabajos y empresas, pero muy pocos de ellos tienen algo que ver con la producción y distribución de sushi, iPhones o zapatillas deportivas caras.

Así pues, ¿cuáles son estos nuevos trabajos exactamente? Un informe reciente sobre la evolución del empleo en Estados Unidos entre 1910 y 2000 ofrece ejemplos claros (muy similares a los del Reino Unido durante los mismos años, cabría añadir). A lo largo del pasado siglo, el número de trabajadores empleados en el servicio doméstico, en la industria y en el sector agropecuario se redujo drásticamente, mientras que «los profesionales, gestores, administrativos, vendedores y empleados en servicios en general» se triplicaron, pasando «de la cuarta parte a las tres cuartas partes de la fuerza laboral». En otras palabras, los trabajos productivos, como se había predicho, se han automatizado enormemente. (Incluso en términos globales, contabilizando a todas las personas empleadas en el sector industrial en el mundo, incluidas las esforzadas poblaciones de India y China, este tipo de trabajadores ya no suponen un porcentaje de la población mundial tan elevado como lo era antaño.)

En lugar de producirse una importante reducción de las horas de trabajo, que hubiera liberado a la población mundial y le hubiera permitido dedicarse a sus propios proyectos, placeres, visiones e ideas, hemos asistido a un enorme aumento del sector «servicios» —no tanto del sector en su conjunto, sino específicamente de la parte más administrativa, incluyendo en ella la creación de nuevas empresas como las destinadas a servicios financieros o a la venta a distancia—, así como a la expansión sin precedentes de colectivos como los que se ocupan del derecho corporativo, la administración académica o sanitaria, los recursos humanos y las relaciones públicas. Y en esta relación ni siquiera se incluye a todas las personas cuyo trabajo consiste en proporcionar apoyo administrativo, técnico o de seguridad para las empresas mencionadas, ni tampoco a las integradas en el sinfín de empresas centradas en tareas auxiliares (bañar perros, repartir pizza a domicilio las 24 horas, etc.), que solo existen porque todos los demás trabajadores se dedican al resto de los trabajos.

Estos son los que se podrían llamar «trabajos de mierda».

Campaña #bullshitjobs desplegada en el metro de Londres en enero de 2015. El cartel de la imagen reproduce la frase “¿Cómo puede uno empezar siquiera a hablar de dignidad en el trabajo cuando en el fondo siente que su propio trabajo no debería existir?” (foto: autodespair.wordpress.com)


Da la impresión de que hay alguien ahí fuera creando trabajos sin sentido solo para mantenernos ocupados. Y este es el principal misterio, ya que, en teoría, precisamente en el capitalismo este tipo de cosas no deberían suceder. En los viejos e ineficientes Estados socialistas como la antigua Unión Soviética, en los que el empleo se consideraba un derecho y un deber sagrado, el sistema creaba tantos empleos como fuesen necesarios. (Por esta razón, en las tiendas soviéticas solía haber tres dependientes para vender un trozo de carne.) Sin embargo, esta es exactamente la clase de problema que se supone que solucionan los mercados competitivos. De acuerdo con los postulados de la teoría económica, lo último que haría una empresa con ánimo de lucro sería despilfarrar dinero pagando a trabajadores que en realidad no necesita. Y, sin embargo, esto es lo que de alguna manera está sucediendo.

Aunque muchas empresas llevan a cabo despidos masivos, estos recaen invariablemente en las personas que en realidad fabrican, transportan, arreglan o conservan cosas. Debido a una extraña alquimia que nadie puede explicar, el número de chupatintas asalariados parece expandirse sin freno, y cada vez más empleados se encuentran presentes en su lugar de trabajo —de manera similar a los trabajadores soviéticos, de hecho— cuarenta o incluso cincuenta horas a la semana, pero trabajando realmente unas quince horas, tal y como predijo Keynes, ya que el resto del tiempo lo pasan organizando seminarios de motivación o asistiendo a ellos, actualizando sus perfiles de Facebook o descargando series.

Está claro que la respuesta a la pregunta que nos hacíamos al comienzo de este artículo no es económica, sino moral y política. Los miembros de la clase dominante han llegado a la conclusión de que una población feliz y productiva con tiempo libre en sus manos es un peligro mortal. (Piensa en lo que empezó a suceder cuando esto apenas apuntaba como posibilidad en los 60.) Y, por otra parte, resulta extraordinariamente conveniente para ellos la creencia de que el trabajo es un valor moral en sí mismo, y de que todo aquel que no esté dispuesto a someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor parte de sus horas de vigilia no merece nada.

Una vez, pensando en el incremento en apariencia interminable de las tareas administrativas dentro de los departamentos académicos británicos, me vino a la mente una posible visión del infierno: un montón de individuos que pasan la mayor parte de su tiempo haciendo tareas que no les gustan y en las que no se desenvuelven especialmente bien. Digamos, por ejemplo, que fueron contratados por ser excelentes ebanistas, y entonces descubrieron que se esperaba que pasaran gran parte del tiempo friendo pescado. En realidad, la tarea es innecesaria (o, al menos, solo existe una cantidad muy limitada de pescado para freír), pero de alguna manera todos están tan obsesionados por el resentimiento que les produce pensar que algunos de sus colegas pueden estar pasando más tiempo que ellos trabajando la madera y escaqueándose de sus responsabilidades en la fritura que en poco tiempo se forman interminables pilas de pescado mal cocinado y que no sirve para nada amontonándose por todas partes, y esto es en realidad todo lo que se hace.

En mi opinión, esta es una descripción bastante acertada de la dinámica moral de nuestra propia economía.


stampado de camiseta en la que se desarrolla la frase “Si no puedes describir tu empleo en tres palabras, tienes un trabajo de mierda”  (foto: reddit.com)


Soy consciente de que este argumento va a suscitar objeciones inmediatas: «¿Quién eres tú para decidir qué trabajos son realmente “necesarios”? ¿De todos modos, qué significa necesario? Tú eres profesor de Antropología: ¿acaso este trabajo es “necesario”?». (En realidad, muchos lectores de tabloides considerarían la existencia de mi trabajo como la definición perfecta de gasto social inútil.) Y en cierto modo, todo esto es cierto: no es posible medir de forma objetiva el valor social.

Jamás me atrevería a decir a nadie que está convencido de que realiza una contribución significativa al mundo que en realidad no es así, pero ¿qué pasa con los que piensan que sus propios trabajos carecen de sentido? Hace poco retomé el contacto con un amigo del colegio al que no había visto desde los quince años y me sorprendió descubrir que durante todo ese tiempo había sido primero poeta y después líder de un grupo de rock indie. Yo mismo había escuchado algunas de sus canciones en la radio sin tener ni idea de que el cantante era alguien que conocía. No cabía duda de que era una persona brillante e innovadora, y que su trabajo alegraba y mejoraba las vidas de otras personas en todo el mundo. Sin embargo, después de un par de discos de poco éxito perdió su contrato discográfico y, asediado por las deudas y con una hija recién nacida, acabó, según sus propias palabras, «optando por el camino de los que no saben qué hacer con su vida: estudiar Derecho». Hoy en día es abogado corporativo en una importante empresa de Nueva York, y no tuvo ningún problema en admitir que su trabajo carece totalmente de sentido, que no contribuye en nada a la sociedad y que, en su opinión, en realidad no debería existir.

Hay muchas preguntas que se podrían plantear en relación con este caso, empezando por: ¿qué clase de sociedad tenemos que genera una demanda tan reducida de poetas y músicos con talento y tan aparentemente ilimitada de especialistas en derecho corporativo? (Respuesta: si el 1 por ciento de la población controla la mayor parte de la riqueza disponible, lo que llamamos «el mercado» solo refleja lo que ellos, y nadie más, juzga útil o importante.) Más aún, demuestra que la mayoría de la gente con trabajos inútiles es consciente de ello. De hecho, no creo haber conocido nunca a un abogado corporativo que no piense que su trabajo es una mierda. Y lo mismo ocurre en casi todas las nuevas actividades comentadas anteriormente. Existe un amplio grupo de profesionales asalariados que, si uno los encuentra en una fiesta y admite que se dedica a algo que puede considerarse interesante (por ejemplo, la antropología), evitarán por todos los medios hablar de su profesión; invítalos a unas copas, y en poco tiempo estarán despotricando y lamentándose de lo inútil y estúpido que es su trabajo.

Estamos hablando de una violencia psicológica muy profunda. ¿Cómo puede uno empezar siquiera a hablar de dignidad en el trabajo cuando en el fondo siente que su propio trabajo no debería existir? ¿Cómo puede esto no provocar una sensación de enorme rabia y resentimiento? Sin embargo, esa es la peculiar genialidad de nuestra sociedad: que nuestros gobernantes, como en el ejemplo de los que fríen el pescado, han encontrado la forma de asegurarse de que esa rabia se dirija precisamente contra aquellos que sí tienen un trabajo con sentido. Por ejemplo: en nuestra sociedad parece existir una regla general que dicta que, cuanto más obvio es el beneficio que un trabajo reporta a las demás personas, mayor es la probabilidad de que esté mal pagado. Vuelvo a decir que es muy difícil establecer una medida objetiva, pero una forma sencilla de hacerse una idea es preguntarse: ¿qué pasaría si una clase concreta de profesionales desapareciera de repente? Se diga lo que se diga sobre los enfermeros, los recogedores de basura y los mecánicos, es obvio que los resultados de que se esfumasen serían inmediatos y catastróficos. Un mundo sin profesores y estibadores no tardaría en estar en apuros, e incluso uno sin escritores de ciencia ficción o músicos de ska sería un mundo peor. No está muy claro de qué forma sufriría la humanidad si se desvaneciesen los gestores financieros, los grupos de presión, los investigadores de relaciones públicas, los actuarios, los vendedores telefónicos, los alguaciles o los asesores legales[1] (muchos sospechan que, de hecho, el mundo podría mejorar de manera notable). Lo que sí está claro es que, si pasamos por alto un puñado de excepciones bien conocidas (los médicos, por ejemplo), la regla se cumple sorprendentemente bien.


Los cinco tipos de trabajos de mierda definidos por David Graeber: los lacayos, los sicarios, los que ponen parches, los que rellenan fichas y los capataces (foto: docsity)

Lo que es aún más perverso es que parece existir una sensación general de que así es como tiene que ser. Este es uno de los puntos fuertes del populismo de derechas y se pone de manifiesto cuando los tabloides azuzan la animadversión contra los trabajadores del metro por paralizar Londres para defender sus condiciones laborales; el hecho mismo de que estos trabajadores puedan paralizar Londres demuestra que su trabajo es muy necesario, pero parece que es esto precisamente lo que molesta a mucha gente. En Estados Unidos resulta aún más claro, pues allí los republicanos han conseguido un éxito extraordinario a la hora de activar la indignación popular contra los docentes y los obreros de la industria automotriz (y, de manera significativa, no contra los administradores escolares o los ejecutivos de la industria, que son los que realmente causan los problemas) por sus «inflados» salarios y prestaciones. Parece como si exclamaran: «Pero ¡si vosotros podéis enseñar a los niños! ¡O fabricar coches! ¡Conseguís trabajos de verdad! ¿Encima tenéis la osadía de reclamar también pensiones o asistencia sanitaria de clase media?».

Si alguien hubiera deseado proyectar el régimen laboral más adecuado para conservar el poder del capital financiero, resulta difícil imaginar cómo podría haberlo hecho mejor. Los trabajadores productivos que sobreviven son presionados y explotados de forma implacable, mientras que el resto se divide entre el aterrorizado estrato de los universalmente denigrados desempleados y un estrato social algo mayor formado por los que, en esencia, reciben un sueldo por no hacer nada, en puestos concebidos para inducirles a identificarse con las perspectivas y las sensibilidades de la clase dirigente (gestores, administradores, etc.) —y en especial con sus avatares financieros—, y por otro lado para incentivar, al mismo tiempo, un resentimiento larvado contra todo aquel cuyo trabajo tenga un valor social claro e innegable. Por supuesto, tal sistema nunca fue diseñado de manera consciente y surgió como resultado de cerca de un siglo de prueba y error, pero es la única explicación de por qué, pese a los enormes avances tecnológicos, no tenemos todos jornadas laborales de tres o cuatro horas.

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(1) He recibido numerosas protestas por la inclusión de los actuarios en esta lista y ahora
pienso que tal vez fui injusto con ellos, pues al menos parte de su trabajo sí es útil y
necesario. No obstante, sigo estando convencido de que el resto de los mencionados
podrían desaparecer sin consecuencias negativas


Traducción de Iván Barbeitos García en Trabajos de mierda. Una teoría (Barcelona, Ed. Ariel, 2018)