DE THE WIRE A THE MINORITY REPORT: VIGILAR Y CASTIGAR, ESTRATEGIAS PARA SABOTEAR LA ESCUCHA. - Editorial (2026)

   


DE THE WIRE A THE MINORITY REPORT: VIGILAR Y CASTIGAR,  RESISTIRNOS A LA ESCUCHA.


"Entramos en sociedades de control 
que ya no funcionan por encierro
sino por control continuo y comunicación instantánea"
Gilles Deleuze


The Wire, serie estadounidense creada por el periodista David Simon y emitida entre 2002 y 2008, nos sitúa en un Baltimore hostil, gris y, por qué no, caótico. Allí la desigualdad y la violencia desmienten el supuesto sueño americano de un mundo feliz, donde la abundancia y la riqueza están a la vuelta de la esquina. Además de su bella fotografía, su tema de inicio que cambia de artista en cada temporada, su referencias al rap y la participación actoral de raperos.  Su punto de partida es un grupo de policías que busca estrategias para combatir el tráfico de drogas en los barrios de la ciudad.

Pero la trama no se limita a seguir a la policía. A medida que avanza la investigación, la serie desarrolla las historias de quienes habitan esos barrios, consumidores, familias, vendedores (dealers), intermediarios y, al final de la cadena, quienes controlan el negocio. En ese recorrido también deja entrever las capacidades, los deseos y las posibilidades de vida que quedan truncadas en medio de las condiciones sociales que atraviesan a quienes participan en este circuito. La serie no presenta el narcotráfico como un fenómeno aislado ni como una simple suma de decisiones individuales, sino como una estructura atravesada por relaciones económicas, políticas y sociales.

Paralelamente, los investigadores incorporan distintas tecnologías (micrófonos, cámaras y otros dispositivos de vigilancia) para seguirles el rastro a quienes hacen parte de estas redes. Este aspecto resulta especialmente relevante, disponer de tecnología no garantiza una interpretación efectiva de los datos ni una comprensión profunda de aquello que se investiga. La investigación se vuelve así una especie de parábola: las herramientas necesitan herramientas para ser comprendidas.

En cada temporada, el tráfico de drogas desborda lo que se creía entendido. Cada vez que los policías llegan al fondo, aparecen nuevos actores y nuevas instituciones permeadas por el narcotráfico. Rastrearlo se vuelve más complejo, donde hay poder involucrado, es más fácil encontrar obstáculos legales y cotidianos para investigar. (Espóiler) Entre esos actores, nada sorprendente, hay policías que trabajan de la mano con las mafias, e incluso senadores. Otros, a su vez, terminan empatizando con algunos eslabones de la cadena, personas que por su procedencia, porque su propia investigación les muestra otros intereses, o porque apartan la mirada del juego penalizador y ven a personas que hacen parte de un sistema injusto.

De esta forma, The Wire deja de ser una serie policial y se convierte en una exploración crítica de las instituciones, las relaciones de poder y las condiciones sociales que evidencian la larga lucha, inacabada y fracasada, contra las drogas. Evidencia un sistema mercantil y explotador: el capitalismo. Su vigencia no radica en la actualización de los dispositivos que usa la investigación, sino en las preguntas que nacen de un ejercicio continuo y de vital importancia, la vigilancia, la producción de datos y los límites, con suerte, de mal/interpretarlos.

Aquí resulta pertinente recurrir a Vigilar y castigar, de Michel Foucault, particularmente sus reflexiones sobre la vigilancia como mecanismo de disciplina y control social. La vigilancia no se limita a observar o registrar comportamientos, también produce formas de clasificación, normalización y regulación de los cuerpos. El poder no necesita intervenir constantemente mediante la fuerza, este puede operar a través de dispositivos que inducen a las personas a modificar sus conductas ante la posibilidad permanente de estar siendo observadas. Desde esta perspectiva, la tecnología no es simplemente un conjunto de herramientas para obtener información, sino parte de una estructura que organiza la mirada, establece qué comportamientos deben ser vigilados y determina qué consecuencias pueden derivarse de ellos. La pregunta deja de ser únicamente quién escucha y comienza a ser quién tiene la capacidad de convertir lo escuchado en una forma de control.


¿Quién controla la interpretación de los datos, y garantizan estos una conducta predecible?


Es una pregunta compleja, pero The Wire, una serie bastante realista, nos permite anticiparnos a ella. En la serie vemos cómo la policía se ve limitada por la información que recolecta. La estructura criminal es tan compleja como la dimensión social que representa, y eso complica su interpretación, la capacidad de movimiento de quienes la integran hace imposible comprender sus pasos, saber quiénes están realmente en ella o cómo combatirla.

The Wire muestra una policía que no logra interpretar los datos que recolecta. Pensar en qué pasaría si esta problemática se invierte, daría otras luces para dilucidar la respuesta.  En la ficción (hasta ahora) existe una policía convencida de tener todos los datos necesarios y su respectiva interpretación, vale la pena incorporar otra referencia: The Minority Report (El informe de la minoría), relato de ciencia ficción escrito por Philip K. Dick en 1956 y adaptado al cine por Steven Spielberg en 2002, mismo año que se estrena The Wire. La historia introduce el concepto de PreCrime (precrimen), una agencia policial que utiliza las capacidades de tres personas con habilidades precognitivas, conocidas como precogs, para anticiparse a la comisión de delitos. A partir de sus visiones, la agencia construye posibles líneas de tiempo e identifica a quienes supuestamente cometerán un crimen antes de que este ocurra. La intervención policial deja de concentrarse en investigar hechos consumados y pasa a perseguir acontecimientos que todavía no han sucedido.

La premisa puede parecer bastante distante de nuestra realidad, además compleja, tres personas capaces de anticipar el futuro y una institución que convierte sus visiones en pruebas para detener a posibles criminales. Sin embargo, la pregunta que plantea resulta cada vez más cercana. Lo que antes podía asociarse con la figura de los videntes o con una fantasía futurista encuentra hoy algunos paralelismos en los sistemas de vigilancia algorítmica y en los modelos de inteligencia artificial que procesan grandes cantidades de datos para identificar patrones, estimar riesgos y anticipar determinados comportamientos. Esto no significa que las tecnologías actuales puedan predecir con certeza la comisión de un delito, como ocurre en la ficción. Significa que empieza a extenderse una lógica en la que los datos del pasado y del presente se utilizan para producir estimaciones sobre lo que una persona podría hacer en el futuro.

Al volver sobre The Minority Report, el argumento aparentemente sólido del precrimen comienza a resquebrajarse. La obra introduce una tensión fundamental: una persona es detenida por un delito que aún no ha cometido. No existe un hecho consumado y, por tanto, tampoco una responsabilidad demostrable; la "prueba" de un delito inexistente proviene de datos y visiones del pasado. Aunque la predicción se haga con el fin de reducir daños, termina criminalizando de forma anticipada.

El problema no es únicamente tecnológico, sino profundamente político y ético. Cuando una institución atribuye a sus sistemas la capacidad de anticipar conductas, la presunción de inocencia corre el riesgo de quedar subordinada a una probabilidad calculada. Cualquier persona puede convertirse en objeto de sospecha a partir de sus antecedentes, sus relaciones, el lugar donde vive, sus desplazamientos o los patrones de comportamiento que un sistema identifica como indicadores de riesgo. La posibilidad de cometer un delito comienza a confundirse con la responsabilidad por haberlo cometido. De esta manera, el castigo puede desplazarse del hecho hacia la predicción, y en ese desplazamiento la clase, la raza y el género ocupan un lugar protagónico.

Pero ¿Qué significa predecir una conducta humana? El crimen no aparece de manera espontánea ni puede explicarse a partir de una única variable. Está atravesado por condiciones materiales, relaciones sociales, desigualdades, trayectorias individuales y contextos históricos. También intervienen decisiones, circunstancias y acontecimientos que no pueden reducirse a un cálculo estadístico. Pretender anticipar un delito mediante la identificación de patrones implica convertir una realidad compleja en un conjunto de variables que puedan ser procesadas y clasificadas. En ese ejercicio, las personas corren el riesgo de quedar reducidas a perfiles, categorías y probabilidades.

Aquí aparece una cuestión que conecta directamente ambas obras: ¿Qué sucede cuando confundimos la capacidad de recopilar información con la capacidad de comprender la realidad? En The Wire, la policía acumula datos, intercepta comunicaciones y reconstruye redes, pero sus interpretaciones tropiezan constantemente con una realidad que no consigue abarcar. En The Minority Report, la institución lleva esa pretensión mucho más lejos, ya no busca comprender lo que sucede, sino anticipar lo que supuestamente sucederá. Es decir, si en The Wire carecían de herramientas para interpretar, en The Minority Report hay exceso de información y una confianza desmedida en los datos. En ambos casos, la información se convierte en una herramienta de poder, pero también revela sus propios límites.


Sabotear el rastreo 

     

Podría decirse que el uso de beepers es anticuado, sobre todo frente a The Wire. Sin embargo, hasta hace muy poco demostraron ser una herramienta de seguridad: precisamente por ser una tecnología sencilla, eran más difíciles de rastrear que un teléfono inteligente. Aun así, en septiembre de 2024, el Estado de Israel, al que consideramos ilegítimo, infiltró explosivos en esos dispositivos para atacar no solo a integrantes de Hezbolá, sino también a población civil en Líbano y Siria. Queda como reflexión que difícilmente se puede confiar en un dispositivo electrónico. Por eso, además de rastrear las políticas de seguridad, podemos tomar medidas de reencuentro como estrategia de resistencia, conversar, discutir y planear eventos con los dispositivos en otra sala, salir a pasear sin ellos, aislarnos de ellos por minutos, horas y días. Es una tarea difícil, porque hoy los dispositivos electrónicos son la dopamina de nuestra época, pero es necesario desintoxicarnos de esta sobredosis y volver a tener espacios propios.

En estos tiempos de posfascismo, vale la pena retomar la presencialidad como herramienta contravigilante: hacer reuniones en espacios no habituales, tomar rutas distintas, vagabundear por zonas poco comunes, de modo que nuestros datos de GPS no sean repetibles ni predecibles y que su información se vuelva confusa. Sabotear el rastreo no significa solamente dificultar que alguien siga nuestros movimientos o escuche nuestras conversaciones. Significa, sobre todo, impedir que nuestra existencia quede reducida a los datos que producimos, a los perfiles que construyen sobre nosotrxs y a las conductas que esperan que reproduzcamos. Frente a la vigilancia, recuperar la autonomía; frente al aislamiento, encontrarnos; frente a la normalización, experimentar otras formas de vida. No podemos permitir que la comodidad tecnológica termine convirtiéndose en una renuncia a nuestra libertad.

Se trata de expropiar nuestras vidas de los dispositivos de control, recuperar el tiempo, los vínculos y los territorios, y volver a construir espacios donde podamos decidir colectivamente cómo queremos vivir.

 

 

¡LA HISTORIA ES FUNESTA Y LA HACEN LOS REPLICANTES! - Editorial (2026)

 

¡LA HISTORIA ES FUNESTA Y LA HACEN LOS REPLICANTES!*
Expropiar los relatos a los vencedores es necesario; expropiar el pensar a las máquinas es urgente.




“La humanidad se ha vuelto la herramienta de sus herramientas”.
Henry David Thoreau


La ciencia ficción ha sido un elemento cultural que ha acompañado a la humanidad, despertando la curiosidad y expandiendo la imaginación. Proyectar el mundo venidero a través de complejos escenarios y aparatos tecnológicos se ha convertido incluso en objeto de estudio. No obstante, hubo quienes, además de imaginar esos futuros devastados, incorporaron en ellos críticas políticas y sociales. Esto no significó negar la posibilidad de esos futuros en sí mismos, sino construir descripciones más explícitas y críticas, dejando menos espacio a la interpretación. Tal es el caso de algunas obras literarias y más adelante adaptadas al cine, como 1984, Fahrenheit 451 y Un mundo feliz: una trilogía perfecta para comprender la distopía.

Estos textos, escritos entre las décadas de 1930 y 1950, consolidan una visión del mundo que, aunque proyecta aquello que podría ser el futuro, también devela las crisis personales y sociales propias de los contextos en los que fueron producidos. Por ello, acudir a la frase “todo pasado fue mejor” implica relativizar contextos que con frecuencia desconocemos y en los que también se establecieron horrores y pesadas cargas culturales sobre los cuerpos y las vidas de quienes los habitaron.

Así las cosas, entender que estos textos distópicos responden a un momento histórico nos recuerda que el fascismo no es un fenómeno novedoso y en la historia reciente han existido sistemas de gobierno cercanos a sus formas y prácticas, hoy nos adentramos en territorios que, quizá ya formaban parte de nuestro marco de conocimiento a través de experiencias, lecturas o del cine, ahora se hacen palpables de una manera directa e inimaginable. Nos ha tomado por sorpresa, por ejemplo, la negación cotidiana de los “derechos” es algo que a diario aumenta la lista de decretos, leyes o propuestas que desestabilizan herramientas ganadas ante el nefasto estado, algo que resulta inaudito y que nos pone sobre las cuerdas, obligándonos a repensar nuestras formas de organización y a preguntarnos de qué manera podemos hacerle frente.

Una película que marcó un hito en la historia de la ciencia ficción es Blade Runner (1982), inspirada en la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?  La película pone en discusión temas que hoy están presentes en el debate público, como el transhumanismo, la migración, la colonización espacial y, sobre todo, la construcción de un mundo desolador, caótico y sometido a una represión constante, animales extintos y mercantilización de órganos producidos, entre otros. La trama sigue a un policía encargado de «retirar», un eufemismo para referirse al asesinato, de los replicantes. Seres artificiales, robots, que han desarrollado conciencia y buscan escapar de la existencia servil a la que han sido condenados para decidir sobre sus propias vidas. Aunque esta historia pueda parecer extraordinaria y distante, basta con observar nuestra realidad para reconocer algunas de sus tensiones. Quienes intentan apartarse del sistema o enfrentarse a sus estructuras de dominación también son objeto de persecución y violencia. Un ejemplo reciente que parece irreal, es el caso de Autistici/Inventati, colectivo italiano de infraestructura digital sancionado por el Gobierno de Estados Unidos bajo una designación antiterrorista. Así, aquello que en la ciencia ficción aparece como una distopía adquiere una dimensión concreta en la persecución de organizaciones que cuestionan las dinámicas hegemónicas, capitalistas y supremacistas, incluso en los espacios virtuales donde se construyen formas autónomas de comunicación y organización.

Blade Runner, situada en noviembre del 2019, cyberpunk puro, y como buena parte del cine de ciencia ficción distópico, no propone una salida, nos presenta una llegada, un mundo ya construido, resultado de todo un proceso de dominación antropocéntrica. Allí parece condensarse el capitalismo llevado a sus últimas consecuencias, cada vez queda menos espacio para la esperanza y la única posibilidad parece ser correr para sobrevivir. Las secuelas, a partir de piezas animadas, Blade Runner Black Out 2022, 2036: Nexus Dawn, y 2048: Nowhere to Run, muestran algunos intentos de rebelión y la caída de Tyrell, la gigantesca corporación que ocupaba la cúspide de esa estructura de poder. Sin embargo, no tarda en ser reemplazada por otra, Corporación Wallace. Una de las lógicas del capitalismo queda así expuesta, mientras una fábrica cierra, otras diez abren sus puertas con formas de explotación todavía más salvajes. La caída de una corporación no significa el fin del sistema, sino la posibilidad de que otra ocupe su lugar.

En Blade Runner 2049, el neón continúa dominando el paisaje, pero el desierto, la nieve, en otras palabras, el cambio climático y la basura tecnológica adquieren todavía mayor protagonismo. Ocultarse parece una salida, desaparecer, una posibilidad. Hacer frente al sistema y a sus dispositivos de vigilancia resulta casi imposible. La distopía ya no se expresa únicamente en la maquinaria tecnológica o en el poder de las corporaciones, sino también en la devastación del territorio y en la dificultad de imaginar una vida fuera de ese orden. Ante este escenario, la pregunta es si esa es nuestra única salida, aceptar la derrota, resignarnos a la pérdida y permitir que el futuro nos conduzca inevitablemente hasta ese lugar.

No obstante, nuestro contexto es otro. Aunque recorrer este plano terrenal resulte desolador, todavía existen formas de obstaculizar los procesos de destrucción y convertirnos en una piedra en el zapato del capital. Esta es una invitación a quienes siguen dispuestxs a sabotear los proyectos de dominación, a interrumpir sus planes de acumulación y a impedir que sus estructuras se reproduzcan sin resistencia. Hoy todavía podemos respirar un aire relativamente limpio, beber agua de los ríos y postergar sus proyectos de despojo y devastación. No dejemos que esas posibilidades desaparezcan sin haberlas defendido. Seamos testigos de sus caídas y partícipes de ellas. Al fascismo se le combate, que sus estructuras se derrumben y que sus ideas se marchiten como sus vidas, hasta perder toda capacidad de imponerse sobre las nuestras. La revuelta es necesaria, como también lo es perder el miedo a confrontar las relaciones de dominación. Frente a un futuro que parece libreteado, aún podemos intervenir y disputar el presente.

 


* ¡La historis es funesta y la hacen los replicantes! consigna que no debería ser, y por qué no, volver a las palabras de Salvados Allende,  La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

*Distopía: Representación de un mundo desvastado, hipervigilado u opresivo, contraria a la sociedad ideal que plantea la utopía.
*Cyberpunk: subgenero de la cinencia ficción distópica que se destaca por resaltar la alta tecnología con un contraste de vida humana precaria.



“El progreso tecnológico sólo nos ha proporcionado medios más eficientes para ir hacia atrás”.
Aldous Huxley

 


CONTRA LA DESAPARICIÓN FORZADA DIGITAL POR TERRORISMO DE ESTADO. SOLIDARIDAD CON A/I * - EDITORIAL (2026)

 







Contra la desaparición forzada digital por terrorismo de Estado *** 
Solidaridad con Autistici/Inventati

 

«Argumentar que no te importa el derecho a la privacidad porque no tienes nada que ocultar no es diferente a decir que no te importa la libertad de expresión porque no tienes nada que decir.»

«No sé por qué la gente está tan dispuesta a poner los detalles de su vida privada en público, se olvidan de que la invisibilidad es un superpoder.»

 

Cuando levantamos la mirada buscando alternativas al capitalismo, es muy fácil sentir desencanto por no encontrar algo práctico que impacte, que sea evidente y que motive los días de desesperanza. Sin embargo, al levantar los adoquines encontramos allí la playa: colectividades e individualidades trabajando por cambiar este mundo asfixiante.

El pasado 26 de agosto de 2026, el gobierno criminal de Estados Unidos decidió incluir a Autistici/Inventati como “terrorista especialmente designado”, bajo la Orden Ejecutiva 13224 y las sanciones administradas por el Departamento del Tesoro. La acusación sostiene que el colectivo habría proporcionado infraestructura y servicios tecnológicos utilizados por grupos violentos de izquierda.

No obstante, frente a estas acusaciones de un gobierno imperialista y criminal, es importante recordar qué ha sido realmente Autistici/Inventati: desde 2001, el colectivo ha desarrollado su trabajo para permitir espacios autónomos, antifascistas y anticapitalistas en la red, ante todo desde la defensa de la privacidad, la comunicación libre y la posibilidad de ampliar nuestras ideas con seguriad, como lo es NoBlogs..

No aceptamos esta criminalización.

Tenemos claro que la tecnología no es neutral, tampoco que Internet hoy sea un espacio libre. Por el contrario, esto demuestra la persecución y los ojos vigilantes sobre quienes intentan construir espacios autónomos y enfrentan una disputa contra el poder en un escenario virtual. Es más cotidiano de lo que imaginamos.

Diversas investigaciones han demostrado cómo nuestros datos se han convertido en un fortín supremamente importante para que las corporaciones adquieran mayor poder y capital. Los datos se han hecho mercancía: a través de ellos se modifica qué podemos decir, qué está aceptado, qué consumir y qué pensar.

Recordemos que una de las primeras grandes controversias sobre la interacción entre noticias falsas, perfiles psicológicos y modificación del voto apareció con fuerza en 2016, con el caso de CambridgeAnalytica, empresa que trabajó con datos de millones de personas para dirigir mensajes personalizados e influir en procesos electorales. Esto evidenció hasta qué punto las empresas dedicadas a la explotación de datos podían intervenir en procesos considerados “democráticos”.

Las recientes investigaciones en este territorio, tales como la Operación Júpiter* o las máquinas de desinformación** que presenta la Revista Raya, muestran cómo estas estrategias virtuales siguen siendo fundamentales para la disputa política y para el ascenso de proyectos neofascistas.

La autonomía y la privacidad en escenarios virtuales han pasado desapercibidas. “No es importante, porque no tenemos nada que esconder”, es una de las respuestas más comunes frente a las preguntas sobre seguridad informática. Sin embargo, esto no es menor: que lo que hoy denominamos algoritmo sea específicamente personal demuestra que, más allá de que escondamos o no algo, nuestra privacidad e incluso nuestra intimidad quedaron expuestas a corporaciones que manipulan y negocian con nuestros datos.

Peor aún cuando se trata de proyectos que trabajan por la autonomía, el antifascismo, el anticapitalismo y otras formas de confrontación con el sistema. Allí se hace urgente y necesaria la privacidad para quienes consideramos importante la posibilidad de comunicarnos y organizarnos sin vigilancia.

Colectividades como en su mejor momento Indymedia y hasta hoy Autistici/Inventati son fundamentales para resistir a corporaciones militares y de vigilancia. Pues, como decíamos inicialmente, Internet no es libre, pero queremos disputarlo. Para ello, estos procesos contrainformativos son más que relevantes.

El anuncio de Autistici/Inventati de cerrar sus servidores y disolver el colectivo como consecuencia de esta persecución, además de ser realmente triste y desesperanzador, es también, de cierta forma, un llamado a buscar salidas y utilizar otros lenguajes. La calle sigue siendo una de ellas y la organización es fundamental para resistir esta oleada neofascista que se apodera del globo.

Autistici/Inventati representaba otra posibilidad.

Una red sostenida colectivamente.
Una infraestructura sin ánimo de lucro.
Un espacio donde la privacidad no fuera un producto que se compra.
Una tecnología puesta al servicio de las personas y no de la extracción de datos.
Una práctica concreta de autogestión.

Quieren convencernos de que nuestros datos no son nuestros, que no importan, que no tenemos nada que ocultar. Pero ver cómo se manipula la cotidianidad y la política a través de ellos es gravísimo para quienes intentamos construir espacios de resistencia. Porque, además de enfrentar estas corporaciones, también tenemos que enfrentar una idea de privacidad que ha sido profundamente transformada e insertada en nuestra vida cotidiana a través de las redes sociales.

Por eso nuestra solidaridad no es solamente con un colectivo que está siendo perseguido.

Es con todas las personas que han construido y siguen construyendo servidores, archivos, radios, redes, centros sociales, medios independientes, bibliotecas, talleres, espacios de encuentro y formas de comunicación que escapan, aunque sea parcialmente, a la lógica de la mercancía y del control.

* Es con quienes entienden que la autonomía también necesita infraestructura.
* Es con quienes defienden la privacidad no como privilegio, sino como condición de la libertad.
* Es con quienes se niegan a aceptar que para comunicarnos tengamos que pasar necesariamente por las plataformas de quienes comercian con nuestra información.
* Es con quienes siguen creyendo que podemos construir nuestras propias herramientas en lugar de limitarnos a elegir cuál de las herramientas del poder queremos utilizar.

A/I nos enseñó que otra Internet no era solamente imaginable: podía construirse y sostenerse desde abajo durante décadas. Su historia demuestra que la autonomía tecnológica no es una fantasía, sino una práctica concreta sostenida por personas que decidieron poner sus conocimientos al servicio de la organización colectiva.

El cierre de A/I es una pérdida. Pero no queremos que su historia termine en la nostalgia.

Queremos aprender de ella.

Multiplicar los conocimientos. * Construir nuevas redes. * Crear nuevas infraestructuras. * Compartir recursos. * Descentralizar.* Autogestionar. * Protegernos colectivamente.

Porque una infraestructura puede ser apagada. Las prácticas que la hicieron posible pueden reproducirse en otros lugares.

Nuestra solidaridad con Autistici/Inventati.
Contra la criminalización del disenso.
Contra la vigilancia y el capitalismo de los datos.
Contra la centralización de nuestras comunicaciones.

Por la autonomía, la privacidad, la autogestión y las redes que construimos entre nosotras.

La autonomía también se conecta / La solidaridad también es infraestructura.

*

Noblogs.org es un proyecto iniciado por el colectivo A/I, que ha ido proporcionando, desde hace ya mas de 10 años, herramientas de comunicación para activistas que comparten las prerrogativas de nuestro manifesto: luchar y combatir por un mundo donde la justicia, libertad e igualdad de derechos sean las las piedras angulares en la vida de las personas; luchar contra una sociedad interesada en controlarnos y en saber quienes somos, en lugar de lo que pensamos o sentimos; resistirnos a la extendida idea de que cualquier instante de nuestra vida puede ser comercializado con dinero.


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* Revista Raya: https://revistaraya.com/la-red-de-manipulacion-de-cerimedo-y-negre-al-servicio-de-la-extrema-derecha-latinoamericana-llego-a-colombia.html
* *Revista Raya:  https://revistaraya.com/proyecto-jupiter-una-estrategia-de-manipulacion-electoral-que-se-detecto-antes-del-31-de-mayo.html


***Contra la desaparición forzada digital por terrorismo de Estado ´malsukceso´"


 

El Deleuze prohibido: por Palestina, contra el genocidio - Pasquale Liguori 2026

 


El sesgo académico que pretende hacer funcionar la ciencia y la filosofía en el ámbito social como si fueran saberes neutrales y apolíticos termina produciendo precisamente aquello que dice evitar: el miedo a pensar. Bajo la apariencia de objetividad, se domestican las ideas, se silencian sus contradicciones y se evita confrontar pensamientos globales, profundos e incómodos. Así, también se teme a quienes piensan desde los márgenes, a lxs pensadorxs incómodxs que cuestionan las certezas, desbordan los límites establecidos y obligan a preguntarnos por las condiciones políticas desde las cuales producimos aquello que llamamos. Palestina libre! 

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Es un genocidio, pero uno en el que el exterminio físico permanece subordinado a la evacuación geográfica.
Gilles Deleuze

Vale la pena volver a algunos escritos fundamentales1 que Gilles Deleuze dedicó a la cuestión palestina entre finales de la década de 1970 y principios de la de 1980. Estos escritos han recibido una atención comparativamente escasa dentro de la recepción, mucho más amplia, de Deleuze, pero no son marginales respecto de su pensamiento: son momentos en los que su filosofía confronta la política real de una manera particularmente directa; momentos en los que la filosofía de la inmanencia —o, con mayor precisión, una concepción de la vida real refractaria a cualquier trascendencia del Estado, del derecho o de la moral— se enfrenta a la historia concreta de la colonización, y en los que la ontología del devenir es puesta a prueba frente a la maquinaria criminal del Estado. En estos textos se encuentra, quizá más que en ningún otro lugar, un diagnóstico anticipado de nuestra condición presente: una continuidad genocida que atraviesa Palestina desde 1948 hasta hoy y que las llamadas pausas humanitarias o los ceses al fuego sólo sirven para ocultar.
Deleuze lo afirmó sin ambigüedad alguna: la tragedia palestina no es un conflicto, sino un genocidio modular, una tecnología permanente de evacuación. La eliminación no se mide por el número de muertos, sino por una producción fabril de la ausencia: el vaciamiento de las aldeas, la supresión topográfica, la expulsión simbólica. El genocidio perpetrado por Israel no es episódico, sino funcional a la reproducción del poder estatal. Es una guerra disfrazada de administración, que ajusta su ritmo y su intensidad para no terminar nunca. Cuando Deleuze habla de «muchos Oradours», invoca Deir Yassin como arquetipo, la primera masacre a gran escala cometida en una aldea borrada del mapa, el paradigma de todas las que siguieron. La actual suspensión de los bombardeos masivos no representa un final, sino una fase de reterritorialización dentro del aparato genocida, una recalibración de la máquina estatal israelí antes de la siguiente oleada.
En una entrevista con Elias Sanbar, recogida en «Los indios de Palestina», Deleuze define la lógica subyacente del sionismo como un colonialismo de evacuación. El objetivo no es explotar la fuerza de trabajo indígena, sino vaciar la tierra de sus habitantes para convertirla en un soporte puro del capital y de la teología de la propiedad. Es la misma operación que fundó Estados Unidos: el borramiento del nativo como condición de posibilidad de la modernidad. De ahí la fórmula que describe a los palestinos como «los amerindios de los colonos judíos en Palestina», que irritó tanto a los guardianes de la moral de la academia francesa. En un ensayo reciente, Barbara Glowczewski ha mostrado cómo esa analogía se encarna ahora en una solidaridad indígena global: de los sioux a los maoríes, de los warlpiri a los habitantes de Gaza, la resistencia se está convirtiendo en un lenguaje compartido contra el capitalismo de la aniquilación.2
Ya en 1978, en «Los agitadores», Deleuze sostenía que Israel estaba elaborando una maquinaria de control susceptible de exportarse universalmente. Su guerra contra los «terroristas» anticipaba la guerra preventiva de Estados Unidos y el control planetario de los cuerpos y los flujos. Israel, escribió, «está estableciendo un modelo de represión que será convertido para otros países, adaptado por otros países». Era la prefiguración de las sociedades de control: una fusión del Estado, los servicios de inteligencia y la industria militar, acompañada de la transformación de toda «zona de seguridad» en un desierto vigilado. El colonialismo israelí como vanguardia técnica y moral de la modernidad securitaria occidental, una política de genocidio administrado.
Para Deleuze, el sionismo surge como un aparato teológico de reparación. Europa nunca pagó su deuda con los judíos; en lugar de ello, hizo que un pueblo inocente la pagara en su lugar. Como escribe: «Estados Unidos y Europa debían una reparación a los judíos. Y obligaron a un pueblo, del que lo menos que puede decirse es que no había tenido ninguna participación y era singularmente inocente de cualquier holocausto y ni siquiera había oído hablar de él, a pagar esa reparación».
Christian Frigerio ha retomado este pasaje en un artículo reciente y lo ha llevado al presente: la Shoá ha sido elevada a la categoría de Mal Absoluto, transformada de acontecimiento histórico en principio místico.3 De este modo, el mal no es superado, sino transferido a otro pueblo. Este es el acto fundacional de la mala conciencia de Europa, que se purifica de su propio crimen mediante una violencia delegada en Israel. Como ha observado Paolo Virno, muy a menudo el peligro no es aquello de lo que uno busca protegerse, sino la forma misma que adopta el refugio, una «horripilante estrategia de salvación».4 La búsqueda de seguridad genera sus propios monstruos: pequeñas patrias étnicas, soberanías, xenofobia como respuestas a la vulnerabilidad. El mal moderno, insiste, se expresa precisamente y únicamente como una réplica horrible a la inseguridad del mundo, una búsqueda peligrosa de protección.
Aplicada a la historia europea, esta intuición explica con precisión quirúrgica aquello que Deleuze denunciaba: la creación del Estado de Israel como refugio identitario, un rescate imaginario que se transforma en un nuevo crimen. La culpa no se elabora, sino que se desplaza, se delega, se exterioriza. Y en nombre de ese refugio —soberano, étnico, identitario— se pone en marcha la máquina que produce nuevas víctimas. El derecho internacional, a partir de las resoluciones de la ONU de 1947-1948, no ha hecho sino codificar esta delegación moral: dos Estados, dos pueblos, como si la Nakba no fuera el punto de origen, sino una nota marginal.
Como lo expresó Deleuze: «El sionismo, y después el Estado de Israel, exigirán que los palestinos reconozcan su derecho. Pero el Estado de Israel no dejará jamás de negar el hecho mismo de un pueblo palestino». Esta afirmación enuncia un principio general: el derecho no se limita a garantizar la existencia; la produce y la cancela. Sobre esta asimetría fundacional el derecho internacional ha erigido su función normativa.
Las resoluciones de la ONU y los llamados occidentales actuales a un «regreso a las fronteras de 1967» no ponen en cuestión el crimen originario de 1948. El derecho no devuelve la vida; la administra. El legalismo humanitario, tan estridentemente invocado hoy, sigue operando dentro de la lógica de la restitución: reconciliar, gestionar, normalizar. Pero si la justicia no interrumpe el orden que hizo posible el crimen, se convierte en parte de la misma máquina que lo reproduce.
En 1985, Deleuze afirmó:

Un pueblo no es algo que ya esté ahí. Un pueblo, de algún modo, es lo que falta… ¿Acaso hubo alguna vez un pueblo palestino? Israel dice que no. Por supuesto que lo hubo, pero ése no es el punto. La cuestión es que, una vez que los palestinos han sido expulsados de su territorio, en la medida en que resisten entran en el proceso de constituirse como pueblo.5

La paradoja palestina se encuentra precisamente aquí, pero debe formularse con cuidado. Un pueblo palestino debe, en cierto sentido, existir ya para poder ser desposeído y para resistirse a la desposesión; sin embargo, en la formulación de Deleuze, es precisamente «en la medida en que resisten» que los palestinos entran en «el proceso de constituirse como pueblo». Lo que parece una contradicción es, por tanto, la estructura de una individuación política. La existencia colectiva no está simplemente dada de antemano ni es creada ex nihilo; se recompone mediante la lucha contra un dispositivo cuyo objetivo es hacer imposible esa existencia colectiva.
El término «pueblo», aquí, no puede entenderse como una unidad cerrada ni como una identidad que se reúne en torno a lo Uno. Nombra un proceso de individuación colectiva. La resistencia no produce un Uno identitario, sino una coherencia metaestable, una frontera móvil, un principio de devenir-con capaz de mantener juntas aquellas cosas que el colonialismo se esfuerza por separar. La subjetividad palestina, por tanto, no puede reducirse ni a una esencia ancestral ni a una invención puramente moderna. Es un proceso constituyente en el que continuidad histórica y creación política se vuelven inseparables.
Este es el acto constitutivo de la individuación colectiva palestina; la resistencia presupone a un pueblo y, al mismo tiempo, produce las formas en las que ese pueblo puede continuar existiendo y actuando en común. La paradoja no es exclusivamente palestina. Revela un problema más general de la subjetivación política: la dominación se dirige a una colectividad como objeto que debe ser administrado, desplazado o borrado, mientras que la resistencia puede transformar esa objetivación impuesta en la capacidad de hablar y actuar como sujeto. Un pueblo, en este sentido, es menos una sustancia que un proceso mediante el cual vidas heterogéneas adquieren la consistencia suficiente para actuar juntas sin ser reducidas a la mismidad.
Cada piedra arrojada, cada casa reconstruida, cada retorno puede leerse entonces como un acto de fabulación política: no la representación de una identidad ya completa, sino la producción de una existencia común bajo condiciones diseñadas para impedirla. Por eso Palestina no es simplemente un objeto al que Deleuze aplica conceptos preexistentes. Es uno de los lugares en los que su filosofía se ve obligada a confrontar, concretamente, la cuestión de cómo llega a existir un pueblo. Aquí la filosofía del devenir se encuentra con la historia: la existencia colectiva como creación, sin que la identidad genere una forma de clausura; Palestina como acontecimiento constituyente y no como dato sociológico.
En «Las piedras», Deleuze escribe: «Los palestinos arrojan sus piedras, las piedras vivas de su tierra. De estas piedras nacen hombres». Es una metáfora ontológica: del desierto del control surge la vida del devenir. Ese desierto que, como propuso en sus conversaciones con Claire Parnet, es nuestra única identidad, la experimentación sobre nosotros mismos.6 Los palestinos, como los nómadas deleuzianos, habitan el espacio liso, un espacio que se niega a ser confinado, contabilizado, administrado. Donde el Estado produce el vacío, la vida comienza de nuevo. Y en esta reaparición reside la única verdad política que todavía parece posible hoy: no hay tregua sin justicia, ni derecho sin memoria, ni paz dentro de la mentira de un genocidio suspendido.
Hoy, en este tiempo de otra más de nuestras hipócritas restauraciones morales, Deleuze retorna como un escándalo. Pero el escándalo no debe describirse como si sus provocaciones explícitamente políticas hubieran sido simplemente excluidas de los estudios deleuzianos. No lo han sido. Importantes corrientes de los estudios contemporáneos sobre Deleuze, particularmente dentro de la filosofía continental anglófona, han acogido y desarrollado sus intervenciones políticas. La cuestión, más precisa, es otra: ¿qué lugar ha ocupado la secuencia específicamente palestina dentro de esa recepción?
Aquí las pruebas respaldan una afirmación de asimetría, más que una de supresión sistemática. Los escritos de Deleuze sobre Palestina siguen siendo objeto de una atención comparativamente escasa frente a la enorme literatura sobre el devenir, la desterritorialización, el nomadismo, el deseo, el cine o el «pueblo por venir». Esta desigualdad no constituye, por sí misma, una prueba de censura, y no toda ausencia debe interpretarse como deliberada. El caso editorial explícito más claro es el destino del artículo de Deleuze «La grandeza de Yasser Arafat», que fue incluido en la colección francesa original Deux régimes de fous, pero omitido en la primera edición inglesa de Two Regimes of Madness, publicada por Semiotext(e) en 2006. La omisión fue corregida en una edición revisada de 2007, que restituyó el texto íntegro de la edición francesa original. Daniel W. Smith, en su reseña de la primera edición publicada en Teaching Philosophy en 2007, señaló que la omisión había sido deliberada en el sentido editorial estricto de que los ensayos posteriores habían sido renumerados, al tiempo que subrayó que otros tres textos palestinos permanecían en la colección.7
Nuestro argumento, entonces, no es que una «industria Deleuze» haya expulsado al filósofo político, ni que los estudios sobre Deleuze políticamente comprometidos sean de algún modo excepcionales. Más bien, sostenemos que esta recepción ha sido selectiva en un sentido más ordinario y, quizá, más revelador. El vocabulario conceptual de Deleuze circula con extraordinaria facilidad en las discusiones sobre multiplicidad, creatividad, diferencia y devenir, mientras que los textos palestinos en los que ese vocabulario se enfrenta a una situación colonial concreta han ocupado una posición marcadamente más periférica. La cuestión no es una conspiración del silencio, sino una asimetría de canonización: ¿qué Deleuze circula y qué Deleuze permanece difícil de asimilar?
Kathryn Medien ha descrito este problema mediante la expresión «evacuación epistémica», un modo de lectura en el que Palestina puede desaparecer del campo conceptual aun cuando los conceptos deleuzianos sigan plenamente operativos.8 La fuerza de la expresión reside precisamente en que evita la necesidad de atribuir una intención única a todo un campo académico. Una recepción puede ser desigual sin estar organizada centralmente: un canon puede despolitizar mediante hábitos de selección, énfasis y abstracción, antes que mediante una prohibición explícita.
Y así la pregunta se vuelve más precisa: no «¿por qué los “discípulos” de Deleuze han silenciado uniformemente a Palestina?», sino «¿qué sucede con el pensamiento político de Deleuze cuando estas intervenciones son tratadas como ocasionales, secundarias o separables de los conceptos por los que ha sido canonizado?». ¿Qué tipo de Deleuze emerge cuando el devenir y la desterritorialización circulan con mayor facilidad que las historias coloniales frente a las cuales esos conceptos pueden adquirir sus implicaciones políticas más incisivas?
Y, sin embargo, el Deleuze que toma partido por Palestina excede toda estriación: un pensador que no se limita a registrar lo real tal como es, sino que lo atraviesa, lo desmantela, lo obliga a decir aquello que el orden dominante preferiría mantener en silencio. Volver a él significa romper la paz de los culpables, la paz que modula el genocidio y lo llama derecho.
Contra el orden de los vencedores, Deleuze nos recuerda que toda filosofía verdadera es un acto de insubordinación y que ninguna civilización podrá sobrevivir si continúa fundándose en el arte de vaciar la tierra y borrar a quienes la habitan.


1 Gilles Deleuze, «The Troublemakers», traducción de Timothy S. Murphy, en Discourse, vol. 20, núm. 3 (1998), pp. 23-24 (publicado originalmente en Le Monde, 7 de abril de 1978); «The Grandeur of Yasser Arafat», traducción de Timothy S. Murphy, en Discourse, vol. 20, núm. 3 (1998), pp. 30-33 (publicado originalmente en Revue d’Études Palestiniennes, núm. 10, invierno de 1984; escrito en 1983); «Wherever They Can See It», traducción de Mustapha Kamal, en Discourse, vol. 20, núm. 3 (1998), pp. 34-35 (publicado originalmente en Al-Karmel, 1988); Gilles Deleuze y Elias Sanbar, «The Indians of Palestine», traducción de Timothy S. Murphy, en Discourse, vol. 20, núm. 3 (1998), pp. 25-29 (publicado originalmente en Libération, 8-9 de mayo de 1982).
2 Barbara Glowczewski, «On Indigenous Solidarity: Deleuze and the Palestinians», en Deleuze and Guattari Studies, vol. 19, núm. 2 (2025), pp. 205-213.
3 Christian Frigerio, «La parte del deserto: Deleuze e la questione palestinese», en L’Indiscreto (2024), disponible en línea aquí.
4 Paolo Virno, A Grammar of the Multitude, traducción de Isabella Bertoletti, James Cascaito y Andrea Casson, Cambridge, Semiotext(e), 2004.
5 Gilles Deleuze, Negotiations: 1972-1990, traducción de Martin Joughin, Nueva York, Columbia University Press, 1995.
6 Gilles Deleuze y Claire Parnet, Dialogues, traducción de Hugh Tomlinson y Barbara Habberjam, Nueva York, Columbia University Press, 1987.
7 Gilles Deleuze, Two Regimes of Madness, traducción de Ames Hodges y Mike Taormina, Los Ángeles, Semiotext(e), 2006. Una edición revisada publicada en 2007 restituyó el texto íntegro de la edición francesa original. Véase Daniel W. Smith, «Review of Gilles Deleuze, Two Regimes of Madness: Texts and Interviews 1975–1995», en Teaching Philosophy, vol. 30, núm. 2 (2007), pp. 237-241.
8 Kathryn Medien, «Palestine in Deleuze», en Theory, Culture & Society, vol. 36, núm. 5 (2019), pp. 49-70.



Fuente: Artillería inmanente - Texto publicado por primera vez en inglés en el sitio web de Ill Will el 24 de agosto de 2026.