CONVIRTIENDO LA SOBRIEDAD EN UN ARMA - FLOWER BOMB


 CONVIRTIENDO LA SOBRIEDAD EN UN ARMA
· Anarquía feral contra la · cultura de la intoxicación


"En esta cultura automatizada, nos hemos acostumbrado a vernos como simples máquinas para operar: agregar el producto químico apropiado a la ecuación para conseguir el resultado deseado. En nuestra búsqueda de la salud, la felicidad, el sentido de la vida, hemos corrido de una panacea a otra -viagra, vitamina C, vodka - en vez de acercarnos a nuestras vidas holísticamente y dirigir nuestros problemas hacia sus raíces sociales y económicas. Esta lógica orientada al producto es la base de nuestra alienada sociedad de consumo: ¡Sin consumir no podemos vivir! Intentamos comprar la relajación, la comunidad, la autoestima ¡ahora incluso el éxtasis viene en una píldora!"
- Anarquía y Alcohol (Colectivo CrimethINC.)

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En la sociedad en la que vivimos es difícil no sentir una necesidad constante y creciente de apagar nuestros sentidos o, al menos, de apartarlos de todos aquellos pensamientos que nos saturan la cabeza y el corazón. Deudas, jornadas de trabajo extenuantes o alienantes, interacciones vacías o superfluas, falta de motivación, apatía, estímulos repetitivos, ocio programado que nos aleja en lugar de llevarnos a acercarnos, falta total de una conexión emocional o física con nuestro entorno (cada vez más apartadxs de la naturaleza y sus sensaciones, sonidos, ciclos...) y con el resto de personas que nos rodean (cada vez más inmersxs en una sociedad que construye sus vínculos mediante aplicaciones de mensajería instantánea pero teme mirarse a los ojos), y la frustración permanente de una existencia pasiva donde la única satisfacción a la que se nos permite aspirar parece ser la que proporciona el placer efímero y momentáneo de las actividades relacionadas con el consumo y la ostentación (que ya sean de sustancias psicoactivas, objetos y mercancías muertas o de cuerpos, relaciones líquidas o "emociones fuertes", siempre dejan tras de sí un gran vacío), dibujan los contornos de una vida insoportable. Es comprensible entonces que haya personas que busquen desesperadamente una escapatoria, aunque sea breve, diversión, alteraciones en su sistema nervioso o en su actividad cerebral, cualquier cosa con tal de evadirse momentáneamente de esta fúnebre monotonía. No podemos juzgarles y desde luego rechazamos aquellos discursos que culpan a las personas por sus adicciones o por sus miedos, por su incapacidad para lidiar sobrias con tanta presión o por su vulnerabilidad ante el bombardeo de imágenes y mensajes que nos incitan compulsivamente a entregarnos a una u otra distracción o foco de alienación. Además, entendemos que cada persona escapa a sus ansiedades y a su desesperación como buenamente puede y no somos nadie para juzgar ni queremos asumir el rol de jueces. En lugar de eso, preferimos canalizar nuestras energías hacia otras cosas más positivas como cuestionar nuestros propios hábitos y dependencias, y armar la crítica para ayudar(nos) a recapacitar y a pensar en el tipo de comunidades que estamos construyendo, las cadenas que nosotrxs mismxs reforzamos, y las alternativas que existen. 

Lo que aquí presentamos es un aporte más en esa dirección, que hemos traducido del texto en inglés publicado por les compañerxs de Warzone 1 , editora anarquista de los EE.UU., afín a la ecología radical y la ética antiespecista, y que cuenta con varios textos editados sobre la lucha contra la cultura de la intoxicación desde una perspectiva revolucionaria y libertaria. La intención con esta publicación, repetimos, no es hacer que nadie se sienta juzgadx, sino aportar ideas y herramientas para la crítica, útiles para quien desee cuestionarse este tipo de cadenas y continuar avanzando hacia la liberación total. 

Queremos la destrucción de un mundo injusto basado en la explotación de muchxs para el beneficio de unxs poquxs, y que primero nos roba la sabiduría y las bases para entender nuestro sufrimiento o nuestras necesidades vitales o emocionales y luego nos hace sentirnos culpables por los efectos que tiene sobre nuestra salud física y mental la mierda de vida que sus grises estructuras nos obligan a llevar, para rematarnos intoxicándonos con sus drogas, sus psicofármacos y su narcisismo multimedia. 

Queremos ver ardiendo las ciudades que nos entristecen y deshumanizan, las fábricas que convierten en humo los bosques y montañas y que nos roban el agua, la tierra o el aire limpio para que podamos seguir teniendo absurdas comodidades tecnológicas que no nos hacen felices, las prisiones que encierran a quienes se rebelan contra su norma o contra su moral, las infraestructuras que hacen funcionar toda su maquinaria. Para eso, necesitamos una mente despejada y unas manos inquietas. Cada une a nuestro ritmo y bajo nuestras propias dinámicas y responsabilidades, esperamos avanzar, juntes o por separado, hacia esta meta, aliándonos en las complicidades, en la rabia y en los afectos contra este sistema que sólo nos deja dos opciones a elegir: anestesiarnos o morir.

Porque no hay droga más adictiva que la adrenalina de la acción, armemos nuestras negaciones. Que se extienda la revuelta.



CONVIRTIENDO LA SOBRIEDAD EN UN ARMA

 

Anarquía feral contra la cultura de la intoxicación "Fuimos inducidxs a beber, yo entre el resto, y cuando las vacaciones se acabaron todxs nos tambaleamos por nuestra inmundicia y, revolcándonos, tomamos un largo respiro, y nos fuimos a nuestros diversos campos de trabajo, sobre todo sintiéndonos bastante encantadxs de ir a donde nuestros amos artísticamente nos habían engañado para ir, con la creencia de que eso era la libertad, de vuelta otra vez a los brazos de la esclavitud. No era lo que habíamos tomado para serlo, ni lo que habría sido si no hubiésemos abusado. Se trataba de que era igual ser esclavo de un amo que ser esclavo del whiskey y del ron. Cuando el esclavo estaba borracho el esclavista no tenía miedo de que pudiese planear una insurrección, o de que pudiese escapar hacia el Norte. Era el esclavo sobrio, pensativo, el que fue peligroso y necesitó la vigilancia de su amo para mantenerle como un esclavo."
 – Frederick Douglass


La cultura de la intoxicación proporciona un entorno social normalizado para el escape tóxico. Esta forma específica de escapismo se centra en el abuso de sustancias y la embriaguez como métodos preferidos para aliviar el estrés emocional. A medida que la miseria de la esclavitud asalariada y la monotonía de la sociedad industrial crean un deseo temporal de escapar, la adicción es explotada para ganar capital. Esta motivación de lucro fabrica un paisaje para el ánimo (ya sea a través de la publicidad de las corporaciones o de las tradiciones sociales) la cual refuerza la cultura de la intoxicación como una norma social. 

Yo he visto cómo la cultura de la intoxicación expande su esfera de influencia con la ayuda de la presión de grupo y de la propagación de la intoxicación vista como una actividad social placentera. Las realidades de adicción y muerte son a menudo excusadas tras la fachada de la glorificación o descartadas como meros “casos extremos”. Además, la red interconectada de sobredosis de drogas, adicción a la nicotina y alcoholismo hace malos puntos de venta. Para aquellxs que más se lucran con los productos que conllevan unas tasas de adicción más altas, la cultura de la intoxicación es una tienda de comestibles del beneficio, con una variedad de productos y marcas. Sus miembros se multiplican por un deseo de escapar así como también animadxs por la intoxicación como una forma de actividad social positiva. Y porque la cultura de la intoxicación existe en la sociedad como una fuerza socialmente dominante, el aislamiento social se convierte en una condena para muchxs que eligen permanecer sobrixs. Una prueba de ésto se puede ver en lo común que se ha vuelto la cultura de la intoxicación dentro del ambiente anarquista, y en que existan tan pocas redes de apoyo para personas sobrias. Esto hace que socializar sea más difícil para les anarquistas que están combatiendo la adicción personalmente, quienes luego recaen debido a un apoyo inadecuado a su sobriedad por parte de amigues y del entorno social. Aquellxs que intentan superar una adicción a menudo se encuentran escogiendo entre una recaída socializada o una recuperación aislada. 

Como anarquista, reconozco la relación entre el capitalismo, la cultura de la intoxicación y el Estado que meramente existe como una agencia que busca su regulación y dominación más que su eliminación. La “guerra contra las drogas” demuestra no ser nada más que una excusa para encarcelar individuxs siguiendo criterios racistas2 . La cultura de la intoxicación a menudo se convierte en un arma principal para desmantelar movimientos mientras que sirve sistemáticamente como una forma de control social y distracción. El capitalismo requiere la subyugación total de la sociedad de masas, empezando por el individuo. A nivel individual, ésto incluye – pero no se limita a – el sentimiento de inferioridad interiorizado, la autodestrucción y el desempoderamiento. 

Es por estas razones que permanezco sobrio como una forma individual de negación del orden social de la intoxicación. Como anarquista, veo el straight-edge como un arma contra el intento del Estado de hacerme caer en una trampa de distracciones y autodestrucción tóxica. Mi sobriedad significa anticapitalismo: un molotov lanzado contra un coche de policía que pasa, un incendio que engulle un distrito financiero, un disturbio más allá de toda mesura. 

Mi straight-edge es anarquista, en el nivel individual de reclamar y convertir en armas mi mente y mi cuerpo. Esto incluye mi capacidad para comunicarme sin la mediación de la embriaguez o de otros estados alterados. Quiero explorar interacciones sociales que florezcan y desafían los obstáculos de la ansiedad social sin la mediación política de la intoxicación. En la sobriedad, el miedo que mantiene como rehenes a las emociones puras es un miedo socialmente condicionado por la desconexión social y la alienación civilizada. Por muchas razones diferentes contextuales a cada individux, la mayoría de las personas son tímidas cuando se reúnen o interactúan con otrxs por primera vez, pero ésto permite iniciar un proceso de construcción de confianza y de lazos, dos cosas que son acortadas o eliminadas cuando están presentes sustancias que alteran el estado mental. La intoxicación, entonces, se convierte en el mediador de las interacciones sociales, tergiversando a menudo los intereses (sobrios) de les individuxs y en muchos casos volviéndose una herramienta de manipulación. 

Los lubricantes sociales como el alcohol u otras sustancias para alterar la mente proporcionan una liberación temporal de la tensión y de los sentimientos del cautiverio de la represión emocional. Un sentido de la libertad distorsionado sigue a esta liberación; la libertad es concebida a través de las elecciones de cada une de consumir sustancias que alteran su mente junto con la libertad de cada une de comprarlas. Bajo el capitalismo, el acceso al alcohol, por ejemplo, está determinado por la edad. La edad se convierte en un identificador numérico para el privilegio; una distinción entre aquellxs que tienen la libertad de consumir y comprarlo y aquellxs que no pueden hacerlo legalmente. Esto materializa una jerarquía que privilegia a aquellxs socialmente reconocidxs como “adultxs” con el derecho a comprar y consumir alcohol. Aquellxs que no cumplen ese requisito de edad cargan con la burla social de ser “demasiado jóvenes” y por lo tanto son menospreciadxs en una sociedad capitalista dominada por el constructo social de la “adultez”. Esta jerarquía proporciona el envalentonamiento social y psicológico necesario para mantener el negocio con futurxs clientes; en teoría, la misma juventud que eventualmente entra en la edad adulta. 

Mi anarquismo straight-edge se posiciona contra la legitimidad asumida de la cultura de la intoxicación también como un marcador de un valor social basado en la edad. En la juventud hay anarquía en el valiente acto de convertirse en une individux no definidx por la cultura de la intoxicación. Para la juventud que rechaza asimilarla bajo la presión de grupo, hay anarquía en el incendio provocado en la jerarquía de valores sociales determinados por la cultura de la intoxicación. La anarquía comienza con el individuo, con la elección individual de conformarse con una cultura o desafiarla. El straight-edge es la negación individual de la cultura de la intoxicación, posicionándose por sí misma contra una sociedad de presión de grupo que ayuda al capitalismo en su búsqueda de beneficios a partir de las adicciones y del uso de sustancias. Desde esta perspectiva, mi straight-edge es un rechazo basado en mi juventud a ser asimilado en una madurez adulta definida por el derecho legal a consumir tóxicos. Desde un punto de vista anarquista, el straight-edge es una rebelión individual no gobernada por la cultura de la intoxicación. 

Como el plástico y los dispositivos tecnológicos que nos cautivan con adicciones a las altas tecnologías, la cultura de la intoxicación infunde la adicción a la muerte. Los efectos entumecedorxs de la realidad artificial que nos distrae con pantallas retroiluminadas se parecen a los de las drogas que producen realidades y percepciones artificiales temporales en las cuales perdernos. La destrucción ecológica causada por la extracción de materias primas para mantener la sociedad tecnoindustrial va en paralelo al agotamiento de los nutrientes del suelo y al uso químico de pesticidas, fertilizantes y reguladores de crecimiento para la agricultura del tabaco. La muerte de los ecosistemas es el resultado de mercantilizar una demanda popular creciente motivada por la adicción, ya sea a través de la deforestación o la minería extrayendo, refinando y purificando metales o petróleo para hacer funcionar dispositivos tecnológicos, o a través del fuerte consumo de energía y agua, la contaminación y los residuos sólidos o disueltos en el agua, subproductos y emisiones tóxicas para fabricar bebidas alcohólicas. 

La rendición del individuo a la homogenización del consumo tecnológico de masas comparte otro rasgo en común con la cultura de la intoxicación: la presión de grupo. Por ejemplo, con el fin de mantenerse comunicadxs con un círculo social de población general, ciertos dispositivos tecnológicos deben ser adquiridos y utilizados. Sin ellos, les individues cargan con el aislamiento social. El capitalismo requiere de la participación masiva con el fin de obtener el máximo beneficio posible con los productos vendidos, ya sean productos relacionados con la cultura de la intoxicación o con la tecnología. La sociedad tecnoindustrial que condiciona nuestras fijaciones con plásticos y dispositivos de alta tecnología está interconectada con la búsqueda capitalista de adicciones al mercado. Desde esta perspectiva, para mí el anarquismo straight-edge es un salvajismo hostil a las cualidades apaciguadoras de la adicción tecnológica, la intoxicación y el abuso de sustancias. 

Mi anarquía es un rechazo feral a una sociedad capitalista en su lecho de muerte en la que la vida es convertida en una cultura de espectáculos e imaginarios en alta definición mercantilizada para su consumo. Rechazo ser sometido por la llamada de nuevos gadgets e intoxicaciones, ambos elementos para la ingeniería social de las jerarquías del status de clase y popularidad. Más que buscar la vida pura en momentos temporales de escape, yo prefiero la vida pura encontrada en la rebelión permanente, la destrucción material del mundo capitalista de miseria que crea el deseo por el escapismo tóxico y tecnológico. 

Como anarquista, rechazo tranquilizar con la embriaguez el caos de mi placer. Exalto la vida con vehemencia contra las cualidades apaciguadoras de la marihuana, la cancerígena adicción al tabaco y la anestesia "coreccional" de la medicación psiquiátrica3 . Las realidades basadas en la intoxicación de la pobreza, la adicción y la muerte motivan mi deseo personal de permanecer sobrio y apoyando a aquellxs que luchan. Mientras exista, mi sobriedad se mantendrá como un arma contra el capitalismo, un arma que no puede ser confiscada por la conformidad social esencial para una cultura de la intoxicación. Hacia la revuelta individual y una práctica straight-edge anarquista, ¡straight-edge significa ataque!

"No es una idea nueva que nosotrxs, les que vivimos en una sociedad tecnológica y de masas, sufrimos adicción psicológica hacia máquinas específicas como coches, teléfonos y ordenadores, e incluso hacia la tecnología en sí misma. Pero la imagen es más grande y compleja." "Lo que estoy describiendo es un sistema social centrado en la tecnología y construido por el humano sobre los principios de la estandarización, la linealidad y la fragmentación, como una cadena de montaje que cumple cuotas de producción pero que no se preocupa en absoluto de las personas que operan en ella. Dentro de este sistema, la tecnología influye a la sociedad. La industria de la automoción reorganizó completamente la sociedad americana en el Siglo XX. Del mismo modo, las armas nucleares definen las políticas globales. Al mismo tiempo, la sociedad refleja el ethos tecnológico. La organización social de lugares de trabajo, así como también su arquitectura, reflejan los principios mecanicistas de la estandarización, la eficiencia y las cuotas de producción"
– Ambas citas extraídas del libro "Technological Addiction" de Chelis Glendinnin



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1. La versión original de este fanzine junto a otros materiales interesantes y aconsejados editados (en inglés) por Warzone están disponibles en: http://warzonedistro.noblogs.org/
2. Sobre la relación entre la "guerra contra las drogas" y la represión policial contra comunidades racializadas recomendamos el fanzine "Droga es Racismo: Recopilación de Textos de Personas No-Blancas Contra las Drogas" editado por nuestro colectivo en colaboración con la Distribuidora Peligrosidad Social (Madrid/Valencia, ya inactiva) y que se puede encontrar en PDF aquí: https://distripolaris.noblogs.org/files/2016/08/Droga-es-racismo.pdf Por nuestra parte, añadiríamos a la reflexión que creemos que los criterios no son sólo racistas sino también, evidentemente, de clase, pues ciertas drogas también se utilizaron históricamente (y se siguen utilizando) para criminalizar a la pobreza, fomentar el canibalismo social desestructurando sus comunidades, anular su capacidad organizativa y justificar un incremento de la represión y el control allá donde unas contradicciones más agudas hacían más patente el conflicto de clases.
3. Aquí creemos necesarios algunos matices. En el texto, se trata la medicación psiquiátrica en unos términos que no compartimos del todo, y si bien estamos de acuerdo en que los psicofármacos han sido y son usados con fines represivos y "correctivos" dentro de las instituciones del autodenominado "sistema de salud mental" y somos conscientes del hecho de que, en general, la industria farmacéutica no es más que un cruel negocio que trafica con nuestra salud y que a menudo lejos de facilitarnos remedios reales lo que hace es rentabilizar nuestro malestar y obstaculizar la búsqueda de un autoconocimiento de los cuerpos que nos permita cuidar nuestra salud de manera natural y horizontal, tampoco podemos obviar que hemos tenido personas en nuestro entorno cuyo sufrimiento psíquico era mucho más complejo que los análisis simplistas que se suelen contraponer desde la antipsiquiatría al discurso biomédico oficial, y que en determinados momentos encontraron una gran ayuda en la medicación. No pretendemos glorificar los psicofármacos, como decimos compartimos en gran medida la crítica que hace el texto y también sabemos que con frecuencia si una persona acaba recurriendo a la medicación psiquiátrica es porque no existe una red de cuidados lo suficientemente fuerte y capacitada para acompañar y tratar sus problemas sin necesidad de pastillas (y aquí también urge hacer autocrítica), pero pensamos que es el individuo sufriente quien en todo caso debe decidir si medicarse o no, porque es quien ha de convivir con lo que sucede en su cabeza, sin que juzguemos sus decisiones, sus límites o sus capacidades
Traducido y editado por Rechazo Distro


descargar texto de CrimethInc completo aquí : Fanzine

Palestina 36 (2025) - Annemarie Jacir

 


Palestina 36

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Un relato dramático que evidencia el impacto colonial por parte de "reino" unido, sobre un territorio habitado por árabes, Palestina. Esta película se sitúa en el año 1936 y evidencia el dominio británico cómo y a través de qué medios estableció una agenda sionista en este lugar, invadiendo y asignando las tierras a kibbutz / colonizadores judíos. No obstante se hace memoria a la resistencia árabe y el levantamiento liderado por agricultorxs, académicxs, entre otrxs, contra el poderío britanico, una revuelta inacabada.






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EL CEREBRO DEL AGENTE DE POLICÍA - Alfred Jarry

 





EL CEREBRO DEL AGENTE DE POLICÍA

Alfred Jarry
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Sin duda se recordará este reciente y lamentable asunto: al ser practicada la autopsia, se halló la caja craneana de un agente de policía vacía de todo rastro de cerebro y rellena, en cambio, de diarios viejos. La opinión pública se conmovió y asombró por lo que fue calificado de macabra mistificación. Estamos también dolorosamente conmovidos, pero de ninguna manera asombrados.




No vemos por qué se esperaba descubrir otra cosa que la que se ha descubierto efectivamente en el cráneo del agente de policía. La difusión de las noticias impresas es una de las glorias de este siglo de progreso; en todo caso, no queda duda de que esta mercadería es menos rara que la sustancia cerebral. ¿A quién de nosotros no le ha ocurrido infinitamente más a menudo tener en las manos un diario, viejo o del día, antes que una parcela, aunque fuera pequeña, de cerebro de agente de policía? Con mayor razón, sería ocioso exigir de esas oscuras y mal remuneradas víctimas del deber que, ante el primer requerimiento, puedan presentar un cerebro entero. Y, por otra parte, el hecho está allí: eran diarios.

El resultado de esta autopsia no dejará de provocar un saludable terror en el ánimo de los malhechores. De aquí en más, ¿cuál será el atracador o el bandido que vaya a arriesgarse a hacerse saltar la tapa de su propio cerebro por un adversario que, por su parte, se expone a un daño tan anodino como el que puede producir una aguja de ropavejero en un tacho de basuras? Quizás, a algunos demasiado escrupulosos pueda parecerles en cierta manera desleal recurrir a semejantes subterfugios para defender a la sociedad. Pero deberán reflexionar que tan noble función no conoce subterfugios.

Sería un deplorable abuso acusar a la Prefectura de Policía. No negamos a esta administración el derecho de munir de papel a sus agentes. Sabemos que nuestros padres marcharon contra el enemigo calzados con borceguíes también de papel y no ha de ser eso lo que nos impida clamar indomable y eternamente, si es necesario, por la Revancha. Pretendemos solamente examinar cuáles eran los diarios de que estaba confeccionado el cerebro del agente de policía.



Aquí se entristecen el moralista y hombre culto. ¡Ah!, eran La Gaudriole, el último número de Fin de Siécle y una cantidad de publicaciones algo más que frívolas algunas de ellas traídas dé Bélgica de contrabando.

He ahí algo que aclara ciertos actos de la policía, hasta hoy inexplicables, especialmente los que causaron la muerte de héroe de este asunto. Nuestro hombre quiso, si recordamos bien, detener por exceso de velocidad al conductor de un coche que se hallaba estacionado, y el cochero, queriendo corregir su infracción, sólo atinó, lógicamente, a hacer retroceder su coche. De allí la peligrosa caída del agente, que se hallaba detrás. No obstante, recobró sus fuerzas, luego de unos días de reposo, pero, al ser intimado a recobrar al mismo tiempo su puesto de servicio, murió repentinamente.


La responsabilidad de tales hechos atañe indudablemente a la incuria de la administración policial, que en adelante controle mejor la composición de los lóbulos cerebrales de sus agentes, que la verifique, si es menester, por trepanación, previa a todo nombramiento definitivo; que la pericia médico-legal sólo encuentre en sus cráneos... No digamos una colección de La Revue Blanche y de Le Cri de Paris, lo cual sería prematuro en una primera reforma; tampoco nuestras obras completas: a ello se opone nuestra natural modestia, tanto más que esos agentes, encargados de velar por el reposo de los ciudadanos, constituirían más bien un peligro público con la cabeza así rellenada. He aquí algunas de las obras recomendables en nuestra opinión para el uso; 1) El Código Penal, 2) Un plano de las calles de París, con la nomenclatura de los distritos, el cual coronaría el conjunto y representaría agradablemente, con su división geográfica, un simulacro de circunvoluciones cerebrales: se lo consultaría sin peligro para su portador por medio de una lupa, fijada luego de la trepanación; 3) un reducido número de tomos del gran diccionario de Policía, si nos arriesgamos a prejuzgar por su nombre: La Rousse, 4) y sobre todo, una rigurosa selección de opúsculos de los miembros más notorios de la Liga contra el abuso de tabaco.

Comité invisible / Comunicado núm. 0



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La importancia política y moral del pensamiento sólo se produce en esos raros momentos de la historia en los que «las cosas se desmoronan, el centro ya no se sostiene y la simple anarquía se extiende por el mundo»; cuando «los mejores carecen de convicción, mientras que los mediocres están llenos de intensidad apasionada». En estos momentos cruciales, el pensamiento deja de ser un asunto marginal a las cuestiones políticas. Cuando todo el mundo se deja llevar irremediablemente por lo que todos hacen y creen, los que piensan salen de su escondite, pues su negativa a unirse a los demás es evidente y se convierte entonces en una especie de acción.
  Hannah Arendt, «Thinking and Moral Considerations»

El Comité invisible fue originalmente una conspiración obrera en Lyon en la década de 1830. Walter Benjamin señala en su Libro de los pasajes: «El Comité invisible — nombre de una sociedad secreta en Lyon». En febrero de 2000, en el final de la Teoría del Bloom, publicada por La fabrique, se leía: «El Comité invisible: una sociedad abiertamente secreta / una conspiración pública / una instancia de subjetivación anónima, cuyo nombre está en todas partes y cuya sede no está en ninguna / la polaridad revolucionaria del Partido Imaginario».  La otra cara del mismo libro era políticamente más explícita: definía al Comité invisible como una «conspiración anónima que, desde los sabotajes hasta los levantamientos, acaba liquidando la dominación mercantil en el primer cuarto del siglo XXI». Por «Partido Imaginario» entendíamos y seguimos entendiendo el conjunto de lo que está en conflicto —en guerra abierta o latente, en secesión o en simple desafección— con la unificación tecnológica y antropológica de este mundo bajo el signo de la mercancía. Al proceso de unificación en cuestión lo llamábamos entonces indiferentemente «Imperio» o «el mundo de la mercancía autoritaria», por el que el planeta se constituye como un «tejido biopolítico continuo».  En 2022, la evidencia de tales nociones, o al menos de las intuiciones que estas nociones cubren, se conoce sólo a su costo. En estas condiciones, el Partido Imaginario constituye a la vez el punto ciego y el enemigo innombrable de una sociedad que ya sólo admite errores a corregir en su impecable programación, además de unos cuantos demonios a los que hay que aplastar con urgencia. Cuando el Partido Imaginario irrumpe en el Espectáculo en una jugada deslumbrante, uno se apresura a denunciar la acción de una «minoría marginal». Uno se cuida de no reconocer que este margen está ahora en todas partes, y que esta sociedad lo produce en un flujo constante, tanto más cuanto que pretende reducirlo. Constantemente devuelto a la irrealidad de un espectro, el Partido Imaginario es la forma de aparición del proletariado «en el período histórico en el que la dominación se impone como dictadura de la visibilidad y en la visibilidad» (Tiqqun 1, «Tesis sobre el Partido Imaginario»). Y es cierto que el tipo de desafiliación interior con el que está afectada esta sociedad es, las más de las veces, tan silencioso, tan difuso y tan discreto que acusa en contrapartida su disposición a la paranoia, esa atávica y tantas veces mortal enfermedad del poder. «En un mundo de paranoicos, son los paranoicos los que tienen razón», observamos entonces.
A pesar de todos los esfuerzos en contra, incluidos los nuestros, las últimas décadas han confirmado punto por punto estas tesis, que entonces se consideraban alarmantes, insensatas e incluso francamente criminales. En septiembre de 2001, el texto de apertura de la revista Tiqqun 2 concluía con esta premonición: «Los enunciados precedentes pretenden introducirnos en una época cada vez más tangiblemente amenazada por la eclosión de la realidad. La ética de la guerra civil expresada en ellos se denominó en su día “Comité Invisible”. Es el signo de una fracción determinada del Partido Imaginario, su polo revolucionario. Con estas líneas, esperamos desbaratar los más vulgares disparates que puedan pronunciarse sobre nuestras actividades, así como sobre el período que se inicia» («Introducción a la guerra civil»). Como era de esperar, las «ineptitudes más vulgares» no faltaron en noviembre de 2008, cuando una docena de personas fueron detenidas por «terrorismo» bajo la doble acusación de haber cometido una serie de sabotajes antinucleares y de haber escrito un libro, La insurrección que viene, firmado por el Comité invisible. La prensa dio entonces una buena demostración de cómo cumple su tarea de informar al público, haciendo suyas como un solo hombre las afabulaciones gubernamentales, y por tanto las de la policía antiterrorista. Hizo el ridículo, lo que claramente no le enseñó nada sobre sí misma ni sobre nosotros. Toda la tambaleante construcción acabó por derrumbarse, no sin inducir a un público más amplio a leer al Comité invisible y causar algunas molestias a las personas implicadas. Si había alguna necesidad de confirmar el carácter policiaco de la noción de autor —la necesidad de hacer a alguien «responsable» de cualquier verdad que se declare en público—, todo este asunto se encargó de administrar la prueba definitiva. Al final de diez dolorosos años de procedimientos, la acusación final del fiscal se inclinó por la identidad de la persona que se acusaba de los sabotajes y de la que se sospechaba que era la «pluma principal» de La insurrección que viene. Las necesidades de la defensa —¿desde cuándo debemos la verdad a nuestros enemigos?— llevó a que uno de los acusados, que no se arriesgaba a nada en caso de juicio y que no había escrito ni tres líneas de La insurrección que viene ni de ninguno de los libros siguientes, pudiera reivindicar la paternidad del opúsculo ante el juez. En una época en que domina la mistificación, era de esperar que esta mentira acabara pasando por una verdad, y que el mentiroso casi se convenciera de ello, por pasar por tal. Como el chico era también el comunicador de los acusados, luego ilustró la tendencia estructural hacia la autonomización de la comunicación moderna, que cree que basta con tener una cuenta en Twitter para dar forma a la realidad, solo detrás de su smartphone. Incluso los gobernantes meten constantemente los pies en esta alfombra de ilusión. Además, nunca se le ha pedido al comunicador que tenga una comprensión profunda de lo que está promoviendo; esto puede ser incluso perjudicial para la tarea.
El Comité invisible nunca ha sido un grupo, y mucho menos un «colectivo». Hace tiempo que estamos prevenidos contra las «comunidades terribles». Por tanto, no es susceptible de ninguna disolución, ni legal ni voluntaria. La tragicomedia de los grupos pequeños, de la que ya habló Wilfred Bion en 1961, siempre le ha salvado. Sin embargo, no se ha librado de los problemas de la publicidad. ¿De cuántos «miembros del Comité invisible» hemos oído hablar, con los que nunca nos hemos cruzado? ¿Y con cuántas personas nos hemos cruzado que deben su falta de aura al misterio que mantienen sobre si «habrían sido» o incluso «seguirían siendo» miembros? Esta vulnerabilidad a la usurpación y todo el régimen de fingimiento que permite es una de las pocas desventajas del anonimato en estos tiempos oscuros. Además, este tipo de engaño sólo engaña a los tontos. El Comité invisible es una cierta inteligencia partisana de la época. Esta inteligencia está dispersa en fragmentos entre todos los irreconciliables de este tiempo. Podemos ver cómo no se trata tanto de formar parte, sino de obrar para juntar estos fragmentos. Mantener, hacia y contra todas las maniobras de integración, una posición aparentemente perdida en la guerra del tiempo. «¿Quién cambiará el mundo entonces?  — Aquellos a los que no les gusta». Ésta fue ya la respuesta de Brecht en 1932, en Kuhle Wampe.
El Comité invisible opera como una instancia de enunciación estratégica. Quien escribe con este nombre sólo lo consigue tras una cierta ascesis, un cierto ejercicio de desubjetivación, en el que se despoja de todos los mecanismos de defensa que, en última instancia, forman el Yo: deja caer el ego. Sólo con esta condición, consigue hacer algo más que «expresarse», para expresar más bien lo que encuentra suspendido en la época y, por tanto, fatalmente también en sí mismo. Los textos del Comité invisible se componen de este polvo de intuiciones, observaciones, acontecimientos, palabras captadas al vuelo, experiencias vividas o hechas, gestos realizados o frustrados, sensaciones confusas, ecos lejanos y fórmulas cosechadas. Esto explica que siempre nos haya resultado indiferente que uno u otro redacte una parte abrumadora de tal o cual texto. Porque quien escribe bajo esta firma no es literalmente nadie, o todos — todos los amigos que debaten esta o aquella formulación unilateral, esta o aquella tesis, esta o aquella percepción, de quienes sostienen la posición cismática del Comité invisible. Escribanos de nuestro tiempo, en definitiva, es decir, del movimiento real que destituye el estado de cosas existente. De ahí la ausencia efectiva de un autor de estos textos. Parece que el método no es tan malo: pocas personas pueden afirmar que no tienen, después de dos décadas, una palabra para retractarse de lo que decían sobre su tiempo, y haber sido capaces de mantener una posición tan escandalosa en la duración. «Negarse a aceptar el estado de cosas como válido es la actitud que demuestra la existencia, ni siquiera diría de una inteligencia, sino la existencia del alma» (Dionys Mascolo).
La reciente publicación de un libro realmente anónimo y perfectamente inaceptable para la época, el Manifiesto conspiracionista, brindó la oportunidad de un notable intento de venganza por parte de todos aquellos que se habían sentido humillados hasta la fecha por los «éxitos» del Comité invisible. La señal para el linchamiento público fue dada a L’Express por una «información» procedente de la policía: un rastreo mal hecho seguido de la interceptación y destrucción de la correspondencia dirigida a un «prestigioso» editor parisino, un rastreo que uno no se atreve a atribuir, una vez más, a la Dirección General de Seguridad Interior de Francia (DGSI). La valentía periodística les siguió, sin recordar el poco éxito que habían tenido en el pasado al aullar con los lobos contra el Comité invisible. En el momento álgido de su campaña, se jactaron de no entender nada del Manifiesto, no sin antes quejarse de que el libro estaba demasiado informado en demasiados aspectos como para contradecirlo — ¡pobrecitos! ¡Y qué época tan singular! Finalmente, vimos unirse a la maldición a los viejos partidarios negristas de una «biopolítica menor» o incluso de una «biopolítica inflacionaria», cuya derrota histórica coincide exactamente con el éxito de sus ideas en el bando del Imperio: ahora es Klaus Schwab, del Foro Económico Mundial, quien ha sido invitado al Vaticano para discutir su proyecto filantrópico de renta universal con el Papa Francisco. En cuanto a la «biopolítica inflacionaria», ya nadie necesita hacer un dibujo, después de los dos últimos años.  «Porque la artimaña más formidable del Imperio es amalgamar en un gran rechazo —el de la “barbarie”, el de las “sectas”, el del “terrorismo” o incluso el de los “extremos opuestos”— todo lo que se le opone» («Esto no es un programa», Tiqqun 2, 2001), nuestros fracasados espectros negristas y otros subfoucaultianos se apresuraron a gritar «confusión», «fascismo», «eugenismo» y por qué no —ya que estamos en esto— «negacionismo». Al fin y al cabo, es cierto que el Manifiesto en cuestión se sitúa en un segundo plano con respecto al positivismo. QED. Aquellos cuyo curso de los acontecimientos invalida al menos todas las certezas desde los Chalecos amarillos prefieren decirse que son las propias revueltas las que se confunden, y no ellos mismos. El «fascismo» que disciernen en todas partes es el que en el fondo desean, porque les daría, si no intelectualmente, al menos moralmente la razón. Se les ofrecería entonces alguna oportunidad de convertirse finalmente en las víctimas heroicas en las que sueñan. Quienes han renunciado a combatir históricamente prefieren olvidar que la guerra de la época también se libra en el terreno de las nociones — sin lo cual, por cierto, Foucault no habría arrancado la «biopolítica» a sus diseñadores nazis y conductistas. Dejamos a la izquierda imperial la creencia de que hay un tipo de revolución que se reviste de pureza, y que es multiplicando los anatemas moralizantes, las medidas de profilaxis política y el esnobismo cultural como se derrota a las contrarrevoluciones. De este modo, sólo se condena a sí misma, descompuesta tras sus cordones sanitarios y sus gestos-barrera, aferrada a lo que cree que es su capital político acumulado — condenándose a ver cómo su retórica tiende asintóticamente hacia la de los gobernantes.
En nuestro caso, nosotros preferimos por mucho dar golpes, tomarlos y devolverlos.
Nosotros preferimos operar.
Nunca nos rendiremos.

 

7 de febrero de 2022,
El Comité invisible


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 El 8 de febrero de 2022 fue publicado en el sitio web de Schisme el siguiente texto firmado por el comité invisible, a propósito de la atribución autoral que se les dio de la publicación anónima del Manifeste conspirationniste (enero de 2022 en la editorial francesa Le Seuil). Días atrás, el 20 de enero de 2022, una cuenta de Twitter asociada al comité invisible también advertía lo siguiente: «Los escritos del comité invisible llevan la firma del comité invisible». Esta traducción también se puede consultar en el blog de Tiqqunim.


La Vía Anarquista es la Única Que Sigue Abierta - Catherine Malabou

 




Aunque el anarquismo parece estar muy vivo hoy en día en las prácticas militantes, pero también en la realidad desregulada de la economía ultraliberal, el lenguaje ahora hegemónico del anarcocapitalismo no logra entender lo que constituye el precio y el recurso del anarquismo, como han intentado hacer filósofos como Foucault, Rancière o Agamben. Hoy es importante profundizar en la vía anarquista, partiendo de su historia iniciada en la década de 1870, para redescubrir el verdadero sabor de la libertad.

 

Es evidente que ningún filósofo político contemporáneo ha propuesto una nueva interpretación de los anarquistas clásicos —Proudhon, Kropotkin o Bakunin— o de sus descendientes más contemporáneos, como Bookchin, Chomsky o Graeber. ¿Los han leído siquiera?
Ha llegado el momento de repensar filosóficamente el anarquismo. ¿Por qué? Porque la horizontalidad es la clave del futuro del anarquismo. Porque la horizontalidad, es decir, la ausencia de centralización piramidal, está hoy en crisis.
Esta crisis tan particular se debe a la coexistencia en todo el mundo de un anarquismo de facto y de un anarquismo emergente. Esta coexistencia dificulta la distinción estricta entre resignación e iniciativa.

 

UN ANARQUISMO DE FACTO

 

Anarquismo de facto. Hoy, el Estado ya se ha marchitado y no es más que un caparazón protector de las diversas oligarquías que se reparten el mundo. En todas partes, el mundo social está condenado a una horizontalidad de abandono. En Francia, el cierre de camas en los hospitales, la reducción de las clases en las escuelas, la privatización y subcontratación de los servicios postales, la generalización de la flexibilidad laboral, que va acompañada de la supresión de los estatutos, la multiplicación de los contratos de duración determinada en la función pública, sobre todo en la enseñanza superior, la reducción del personal en los ministerios, la desigualdad cada vez mayor en el acceso a la asistencia, la protección judicial, la educación… son los síntomas más evidentes.
En los países llamados democráticos, económicamente privilegiados, el hundimiento del Estado del bienestar, aunque ya antiguo, sigue imponiendo sus efectos indefinidamente. Ninguna institución estatal u organización parlamentaria común —el funcionamiento de la Unión Europea es un triste ejemplo— puede reaccionar ante los retos de la pobreza, la migración o la crisis ecológica y sanitaria si no es con míseras medidas de emergencia.

 

UN ANARQUISMO EMERGENTE

 

Un anarquismo emergente. Esta caída fáctica del sentido social de la verticalidad va acompañada al mismo tiempo de una toma de conciencia planetaria marcada por el auge de la iniciativa colectiva y la experimentación de coherencias políticas alternativas.
Las estrategias de ocupación, el surgimiento de los Chalecos amarillos o la creación de las ZAD en Francia, por ejemplo, han aportado en los últimos años al panorama político la existencia efectiva de organizaciones y modos de decisión basados en formas colectivas y autogestionadas de hacerse cargo de una lucha, un medio, un territorio o una estructura. Gran parte de los movimientos de resistencia a la política sanitaria actual también participan de estos modos de expresión.
Es evidente que existe una correlación entre el giro altermundialista del anarquismo —que se puede rastrear hasta los acontecimientos de Seattle en 1999— y la explosión de estos nuevos fenómenos que, sin pretender ser siempre abiertamente anarquistas, se desarrollan al margen de los sindicatos o de los partidos. La circulación de la información, escribe Karel Yon, «pasa ahora más por canales si no competidores, al menos transversales a los sindicatos, en formas de horizontalidad opuestas al “silo” informativo de las organizaciones nacionales. […] Esto modifica la relación de interlocución entre los individuos y grupos movilizados y los actores instituidos que pretenden hablar colectivamente».1

 

UN GIRO ANARQUISTA DEL PROPIO CAPITALISMO

 

Este tipo de interlocuciones alternativas son estrictamente contemporáneas de lo que debe llamarse el giro anarquista del propio capitalismo, actor principal del anarquismo de facto. Este giro, nacido de la crisis financiera de la década de 2000, marcó la inflexión del neoliberalismo hacia el ultraliberalismo. La crítica del neoliberalismo ya no puede ignorarlo. El desarrollo del capitalismo posfordista a finales del siglo XX aún no hablaba el lenguaje que los actores económicos ya no se esconden de utilizar hoy en día: el ahora hegemónico lenguaje del anarcocapitalismo.
Pero, se dirá, ¿no estamos asistiendo a un endurecimiento global del dirigismo político, inseparable de una nueva forma de centralización del poder económico? ¿No ha llegado la hora de un mayor autoritarismo político, de la confiscación de la riqueza y los beneficios por un puñado de empresas y conglomerados? Pues sí. Y, sin embargo, cuando algunos periodistas políticos declaran en broma que Donald Trump es un anarquista,2 no están jugando con las palabras, sino tratando de circunscribir lo que el mundo entero siente como una crisis mayor: la combinación híbrida de la violencia gubernamental y la uberización ilimitada de la vida.
El autoritarismo no contradice la desaparición del Estado, es su mensajero, asumiendo su función de máscara de esa llamada economía colaborativa que, al poner en contacto directo a profesionales y usuarios a través de plataformas tecnológicas, pulveriza cada día un poco más toda fijeza regulada.
Fue cuando descubrí el mundo de las transacciones con criptomonedas y la circulación de divisas no nacionales cuando me di cuenta de esta evidencia fáctica. Las criptomonedas parasitan a las monedas estatales y compiten con el circuito monetario habitual de los bancos comerciales y centrales. Pero más ampliamente, y como señala Alain Damasio, «la arquitectura eminentemente horizontal y libertaria de la red» da lugar a un anarquismo «polimorfo», tan libertario como libertariano.3 Llegué a la conclusión de que el ciberanarquismo es uno de los síntomas más visibles de la anarquía de facto, que se ha convertido en una dimensión de la realidad, nos guste o no.
¿Cómo liberar entonces la horizontalidad de las manifestaciones alternativas de la ganga del anarcocapitalismo? ¿Cómo excavar el relieve de una diferencia en la superficie? Éste es el nuevo desafío geográfico, político y filosófico del siglo XXI.
Se dirá que esta diferencia, esta incompatibilidad misma, salta a la vista. «El “anarco”-capitalismo no forma parte de la tradición anarquista cuyo nombre usurpa», reza The Anarchist FAQ. «[Es necesario] explicar por qué los “anarcocapitalistas” no son anarquistas e indicar en qué difieren de los auténticos anarquistas (en cuestiones clave como la propiedad privada, la igualdad, la explotación y la oposición a la jerarquía)».4
Tal oposición es sin duda real, pero su visibilidad es cada vez menos clara. César de Paepe señalaba ya en 1874: «[La] palabra an-arquía […] pone los pelos de punta a nuestros burgueses, mientras que la idea de la reducción de las funciones gubernamentales y finalmente la abolición misma del gobierno es la última palabra de los economistas del laissez-faire, patrocinados por estos valientes burgueses».5
La coexistencia del anarquismo revolucionario y el anarquismo de mercado no es desde luego nueva. Sin embargo, la extensión, en particular, de lo que Rifkin llama los «bienes comunes colaborativos»6 crea una situación inédita que nos obliga a problematizar el polimorfismo del anarquismo, a cuestionar sus límites. Y aquí es donde debe intervenir la filosofía.

 

ANARQUIA - ANARQUISMO

 

La dificultad estriba en que si bien algunos de los filósofos continentales más importantes del siglo XX, como Schürmann, Foucault, Rancière o Agamben, han sabido ver en la anarquía un recurso deconstructivo, análogo, en el orden teórico, a una lógica revolucionaria, ninguno de ellos ha conceptualizado la distancia que les parece clara entre anarquía y anarquismo.
Ahora bien, esta distancia entre una anarquía entendida como crítica del poder y el anarquismo considerado como movimiento revolucionario es nada menos, en realidad, que la que separa la libertad relativa de la libertad absoluta. Es notable que casi todas las definiciones filosóficas de la libertad, incluidos los enfoques más radicalmente deconstructivos, son sistemáticamente condicionales: la libertad no puede existir sin una forma de servidumbre y necesidad, un mando, una ley. Que esta servidumbre sea voluntaria, que este mando sea mando de sí mismo por uno mismo, que la necesidad sea conocimiento de las causas que nos determinan, que la ley sea una ley que nos prescribimos a nosotros mismos, la libertad debe, sin embargo, contener su propio freno.
La aparente inevitabilidad de esta autoinhibición se refleja en el panorama político actual, que equilibra el escepticismo liberal por un lado y el dogmatismo neocomunista por otro. El escepticismo liberal confina la libertad que aparentemente defiende con tanta vehemencia 1) dentro de los límites jurídicamente circunscritos de la propiedad privada (reservando así, de ahí el escepticismo, la libertad a los afortunados, a los bien nacidos); 2) en las derivas identitarias nacionalistas (la libertad pertenece a los que tienen el origen adecuado).
El dogmatismo neocomunista (que, obviamente, no abarca por completo al marxismo) lo encierra en los límites 1) de la verticalidad: disciplina de partido, jerarquía, presuposición de una incapacidad del pueblo para gobernarse a sí mismo; 2) del todo-económico-e-ideológico: la crítica sistemática y continua de una gran entidad indiferenciada llamada «capitalismo». El capitalismo nos convierte en sus esclavos. Para emanciparnos de él, abramos los brazos a otros amos. Curiosamente, el «centro», que supuestamente se sitúa entre estas dos aristas, en realidad siempre participa en ambas.

 

REPENSAR EL ANARQUISMO

 

El coro de candidatos presidenciales en 2022 ofrece el triste espectáculo de una salpicadura de un poco de ambas ideologías en cada bando. Un poco de escepticismo en el balbuceo socialista y ecologista. Un poco de dogmatismo jerárquico de partido en la derecha.
Se dirá que el comunismo ya no forma parte de la vida política actual. Pero si su alma se ha evaporado, su cuerpo permanece. Lo vemos en particular entre los partidarios de La France insoumise, que, si tuvieran que elegir, se reconocerían comunistas antes que libertarios, con su confianza total en el centralismo orgánico del Estado. Ahora bien, si es cierto que la entidad «servicio público» ha sido víctima por elección del neoliberalismo, también lo es que se ha gangrenado a sí misma produciendo esta infernal camisa de fuerza administrativa y jerárquica que la mata cada día un poco más.
Consideremos, contra el escepticismo y el dogmatismo, la historia del anarquismo, desde la invención de su nombre, su estatuto de movimiento constituido en la década de 1870, los desarrollos posteriores del anarcosindicalismo, la autonomía, el anarcofeminismo, el giro altermundialista de la década de 1990, el surgimiento del posanarquismo, los movimientos de ocupación, y hasta el auge actual de las revueltas sociales sin representantes… Consideremos las singularidades locales del autonomismo zapatista, la resistencia anarquista kurda, los Anarquistas contra el Muro en Israel o Black Lives Matter en Estados Unidos, por ejemplo…
Aparece una idea federadora: la libertad absoluta, formulada en su mayor radicalismo por Bakunin: «La libertad de cada individuo adulto, hombre y mujer, debe ser absoluta y completa», escribió. O también: el anarquismo presupone la «reorganización interna de cada país, tomando como punto de partida y base la libertad absoluta de los individuos, de las asociaciones productivas y de las comunas».7
Es repensándola, aceptando afrontar su sentido, como podremos comprender al mismo tiempo que la libertad absoluta no es precisamente la de los libertarianos, ese laissez-faire que en realidad está muy regulado y que se manifiesta en nuestras vidas por la ilusión de que nosotros mismos somos los amos abriendo a nuestros supuestos deseos el universo infinito de plataformas donde todo se intercambia y se alquila.
El anarcocapitalismo, como mostró Foucault,8 cuestiona ciertamente la intervención del Estado y del gobierno en el mercado, pero sigue siendo una ideología de lo muy gobernado. El anarcocapitalismo sigue basándose en la confianza en la gobernabilidad, no de las instituciones, sino de las «realidades transaccionales»,9 nuevas gubernamentalidades de la «sociedad civil».10 Foucault anticipó perfectamente el momento en que estas «realidades transaccionales», de las que la uberización de la vida es hoy la expresión perfecta, determinarían nuevos sistemas de autorregulación de los sujetos.
El anarquismo es ante todo una ruptura con la convicción de que la libertad debe ser enmarcada, dirigida, amputada de una parte de sí misma. La libertad absoluta es, como su nombre indica, indivisible: no se puede cortar una parte de ella sin aniquilarla por completo. Por eso puede decirse tanto de lo uno como de lo múltiple, tanto de lo individual como de lo colectivo. No hay dominaciones pequeñas. Nada tiene autoridad excepto, precisamente, ella.
¿Y si por fin hubiera llegado el momento de decírnoslo a nosotros mismos? Preguntarnos: ¿por qué estamos más dispuestos a aceptar el control que la página en blanco, la represión que el borrón y cuenta nueva? Vamos, hagamos un esfuerzo. La vía anarquista es la única que sigue abierta.

 


1 Karel Yon, «Les grèves et la contestation syndicale sont de plus en plus politiques», entrevista con Marina Garrisi, en RP Dimanche, 9 de febrero de 2020.
2 Cf. por ejemplo el artículo muy interesante de Melissa Lane, «Why Donald Trump was the ultimate anarchist?», en New State Man, 8 de febrero de 2021.
3 Alain Damasio, «Internet est tellement vaste et polymorphe que l’anarchisme y reste possible», entrevista con Mathieu Dejean, en Les Inrockuptibles, 22 de junio de 2015.
4 «L’anarcho-capitalisme est-il un type d’anarchisme ?», en La FAQ anarchiste, Section F.
5 César de Paepe, «De l’organisation des services publics dans la société future», en Daniel Guérin, Ni Dieu ni Maître, Anthologie de l’anarchisme, vol. 1, p. 279.
6 Jeremy Rifkin, La nouvelle Société du coût marginal zéro, L’Internet des objets, l’émergence des communaux collaboratifs et l’éclipse du capitalisme, trad. Françoise et Paul Chemla, París, Les Liens qui libèrent, 2014.
7 Mikhail Bakounine, La Liberté, Choix de textes, París, Jean-Jacques Pauvert, 1969, pp. 42-43.
8 Michel Foucault, Naissance de la biopolitique. Cours au Collège de France. 1978-1979, París, Gallimard-Seuil, 2004.
9 Ibid., p. 301.
10 Ibid., p. 299.


Traducción de «La voie anarchiste est la seule qui reste encore ouverte», 
artículo que se publicó por primera vez el 21 de enero de 2022 en el diario AOC.


Fuente Artillería Inmanente